2 de noviembre de 2015

Valle Sagrado. Día 4: Pisac.

Llueve en Pisac. Me levanto eso de las 18 hs luego de una larga siesta. Noto que tengo que tengo que comprar para comer, por lo que decido salir a pesar de los truenos que escucho desde la habitación.

Un solo paso en la calle es suficiente para ver los relámpagos que asedian el pueblo desde el cielo. Mientras camino tranquilamente al mercado, contagiado del ritmo y relajación que me causa el Valle, la gente se mueve de manera acelerada, corriendo por momentos, casi de forma caótica. Algunos negocios cierran, y en aquellos que permanecen abiertos los clientes apuran al vendedor para terminar la compra lo más rápido posible. Pocos minutos después, el agua comienza a caer para no frenar hasta mi regreso a Cusco.

El día comenzó temprano, con un desayuno de despedida junto a Alexis y Ayelén, mis compañeros de viaje. Pudiendo ser juzgado de acto inmoral en la lejana Italia, me sirven una taza de café junto a una jarra de agua caliente para rebajarlo. Las costumbres en el mundo varían, hasta en la forma de consumir una infusión.

Una vez finalizado el desayuno, mis compañeros retornan a Cusco para luego visitar Machu Picchu. En cambio yo disponía sólo de un día antes de emprender el regreso a Buenos Aires, por ello decidí visitar el Valle Sagrado durante las horas que me restaban y regresar a Cusco.




Cumpliendo mi objetivo, me encamine a las ruinas Incas, las cuales se encuentran sobre una montaña, en promedio 500 metros sobre el pueblo de Pisac. Caminé por la calle Pardo (una de las que rodean a la plaza principal) hasta la entrada al parque arqueológico, ubicado al norte del pueblo, donde es posible subir por un sendero algo escarpado. Quienes visitan Pisac en taxi o con un tour, lo hacen ingresando por otra entrada a la cual se llega por una carretera de nueve kilómetros desde el pueblo. También se podría optar por caminar esta distancia y subir de manera más gradual, aunque dudo que valga la pena realizar un trayecto tan largo.

A los pocos metros de ingresar ya me encontraba entre los andenes de cultivo de Acchapata, ubicadas al pie de la montaña. Decidí caminar entre ellas e ir subiendo por los peldaños Incas que aún se conservan en perfectas condiciones.





Desde arriba logré ver el valle y el pueblo actual, que con sus poco más de veinte manzanas, se ve más pequeño de lo que me pareció en el poco tiempo que pude recorrerlo. Los techos de tejas de las viviendas marcan el estilo colonial del mismo. Al verlo junto al río Urubamba me hizo preguntar ¿por qué los Incas no optaron por realizar aquí su ciudad, más fácil de montar que en la cima de la montaña?. Y esto, contrariamente a parecerme una elección ingenua, me hizo recordar la importancia de las montañas en la cosmovisión Andina, y valorar más el esfuerzo constructivo, que generó una ciudad fortificada naturalmente, rodeada de valles y accidentes geográficos los cuales junto con una buena defensa, la volverían casi impenetrable. Y digo casi, ya que la historia demuestra que terminó cayendo frente al poderío español.






Luego de tres días visitando  templos o lugares principalmente agrícolas como Tipón, esta era la primer ciudad Inca. No pude visitar Machu Picchu, pero recorrer Pisac me haría comprender la magnitud constructiva del poderío imperio Andino, siendo considerada esta ciudad la segunda en importancia de la región.

Pisac se divide en distintos sectores similares a los actuales barrios de una ciudad (aunque el término “barrio” se utiliza habitualmente para describir Pisac, no tengo certeza si los Incas tenían estas divisiones en sus ciudades). Abundan las construcciones de viviendas, templos y depósitos donde es posible ver el perfecto encastre y pulido de las piedras, y al mismo tiempo construcciones más toscas, tal vez pertenecientes a las clases más bajas o a edificaciones menos importantes. Asimismo, los Incas no sólo construyeron escaleras para comunicar la ciudad, sino también túneles donde fuera necesario, uno de ellos de diez metros de largo.









Raramente me cruzaba algún visitante, pero estos comienzan a multiplicarse al acercarse a la entrada vehicular, donde también se encuentran los puestos de ventas y el área de servicios.

Tres horas después de comenzado el recorrido, me encontraba nuevamente en el pueblo, donde estaban los puestos del Mercado de Pisac, donde decenas de comerciantes venden principalmente artesanías, frutas y verduras desde tiempos de la colonia. Aunque los domingos puede observarse en su plenitud, el día de mi visita logré ver una porción de esta institución reconocida a nivel nacional.





Realicé un pequeño recorrido y regresé al hostel para tomar mi mochila y dirigirme a Ollantaytambo. Pero el particular encanto del pueblo me atrapó, sumado al cansancio hicieron que me acueste a dormir una siesta, que desencadenaría en permanecer una noche más en Pisac.

Ya sin posibilidades de dilatar el viaje, a la mañana siguiente tendré que regresar a Cusco para una última visita y esperar la hora de tomar el bus hasta Tacna, en la frontera con Chile.

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