3 de enero de 2017

Un día en Arica [Febrero 2015]

Llegué a Arica sin planificarlo. Aunque no fue de casualidad, sino por causalidad. Ya que mi viaje lo inicie de un día para el otro, y al sumarme al recorrido de mis amigos, respete el itinerario por ellos armado. Pero a la vuelta, con casi el mismo tiempo de meditación que al tomar la decisión de emprender la marcha, opte por volver a Buenos Aires vía Chile y no Bolivia como a la ida.

Un primer tramo me llevó hasta Tacna, ciudad fronteriza Peruana de la cual conocí solo la terminal de buses y el camino a la frontera. Desde allí, un bus que hace el recorrido Tacna-Arica me dejó en la ciudad chilena.

Aprovechando que estaba en la terminal de buses compre un pasaje a San Pedro de Atacama, pueblo ubicado en pleno desierto de Atacama. Contaba con trece horas hasta el horario de salida del bus, así que dejé mi mochila en la oficina de la empresa que me vendió el pasaje y me diriji a recorrer la ciudad. Sin saber prácticamente nada de Arica, comencé a caminar rumbo a la costa, aunque sin mucha claridad de a donde llegaría.

Arica se caracteriza por ser una ciudad donde casi no llueve, esto llevó a que se la conozca como “el lugar habitado más seco de la tierra”, y si contamos los “no habitados” sólo una región de la Antártida la supera. Las precipitaciones son tan bajas en Arica, que a modo de comparativa, llueve menos que en las ciudades que se ubican en el desierto del Sahara. De hecho cuenta con el récord del mayor tiempo sin lluvia: casi quince años, desde 1903 a 1918.

El calor se hizo sentir durante la caminata. Por ello y con la excusa de conseguir wifi para investigar un poco sobre la ciudad, ingrese en un Mcdonalds. Para mi desgracia no logre conectarme a internet. Pero finalmente esto no tendría demasiada importancia a la hora de recorrer la ciudad.



Los primeros edificios que atraen mi atención son la ex aduana y la Catedral de San Marcos, inaugurados en 1874 y 1876 respectivamente a poca distancia uno del otro. Ambos realizados en hierro y pintados con líneas blancas y rojas, fueron diseñados por el famoso arquitecto francés Gustave Eiffel. Él también diseñó la Casa de la Gobernación, ubicada a mitad de camino entre los dos anteriores, aunque esta con un estilo distinto. Un dato llamativo es que estos edificios fueron construidos por encargo del gobierno de Perú, ya que en esa época Arica pertenecía a dicho país, y menos de una década después, durante la Guerra del Pacífico sería anexionada a Chile.

Hay que destacar que estas construcciones lamentablemente fueron consecuencias de un triste periodo de la historia de Arica. En 1868 un terremoto arrasó por completo la ciudad. Cuando sucedió, este terremoto fue el de mayor magnitud de la historia mundial que se haya registrado, y actualmente solo igualado o superado por otros cinco. Producto de este sismo se generó un tsunami con olas de 30 metros de altura que terminó de destruir la ciudad y acabar con más de 70.000 personas en la costa Peruana y Chilena.




No muy lejos me encontré con el símbolo principal de Arica: El Morro. En la cima de este cerro de 130 metros de alto, flamea una gigantesca bandera chilena de 18 metros de largo por 12 de alto, izada en un mástil de 42 metros, el segundo más alto de Chile.

Sin dudas el morro funciona como una especie de faro natural que orienta a cualquiera que merodee la zona, y una vez arriba ofrece una vista excelente de la ciudad y la costa del Pacífico.


Era cerca del mediodía cuando me dirigí a la peatonal 21 de Mayo. Poco se asemejaba a la imagen que esperaríamos encontrar en una calle que debería ser de las más transitadas. Salvo por unas pocas personas que realizaban compras, incluso los perros intentaban evitar caminar bajo el intenso sol de Arica.



Volví hacia la costa y camine rumbo a una playa cercana. Al regresar, un grupo compuesto por un Chileno, un Peruano y un uruguayo al verme con la cámara me piden que los fotografíe. Luego de posar me invitan a volver sobre mis pasos e ir  al agua con ellos. Respondo que no tengo traje de baño y el uruguayo me dice que no me haga problema e ingrese solo con mi ropa interior, acto seguido ante mis dudas me ofrece el suyo e ingresar él solo con su ropa interior. A pesar de la insistencia, me disculpe ante ellos y continúe caminando. 

Pero sus palabras habían hecho efecto, y pensé que no podía terminar el viaje sin ingresar al menos una vez al mar. Por ello aprovechando que conseguí un traje de baño a un precio irrisoriamente bajo, decidí regresar y meterme por primera vez en mi vida al océano Pacífico.





El clima comienza a cambiar. Se nubla el cielo y empieza a bajar la temperatura. Supuse que las posibilidades de lluvia eran muy bajas, aunque al tapar las nubes el sol, el frío me hizo decidir que era hora de salir del mar y volver a la ciudad.

Al salir del agua me encuentro al grupo de jóvenes que crucé anteriormente. Esta vez me invitan a su casa junto a dos alemanes que conocieron en la playa. Acepte la propuesta y nos dirigimos a una vivienda cercana.

La casa era un ex consultorio médico, que aún conservaba carteles indicativos e incluso el escritorio de la recepción. Me hicieron probar algunos vinos muy económicos pero de gran calidad, y luego de un rato decidí partir.


Todavía tenía algunas horas antes de tomar el autobús, por eso me dirigí al morro para recorrerlo y poder ver desde arriba la ciudad. En su cima se encuentra el museo histórico y de Armas de Arica, junto con una estatua de Cristo y restos de cañones y armamentos pertenecientes a distintos fuertes construidos allá.



Finalmente, sin mucho más que hacer decido dirigirme a la terminal de autobuses y esperar que sea hora de viajar a San Pedro.