23 de enero de 2018

Huacachina, el oasis de América.

El norte de Chile y todo Perú en su zona costera tienen una particularidad que por lo menos a mi me llama mucho la atención, y es que a pesar de su cercanía al mar, la tierra es árida formando grandes desiertos, denominados en su conjunto “Desierto del Pacifico”. 

En el caso del norte de Chile es el desierto de Atacama, la zona más árida del planeta. Y en  Perú podemos viajar por horas vecino a la costa y ver hacia ambos lados de la ruta solo arena y médanos pertenecientes al Desierto Costero Peruano en centro y sur y el de Sechura al norte. Por esto que uno de los lugares más representativos de Perú es el oasis de Huacachina, vecino a la ciudad de Ica.






Un alto porcentaje de los turistas que llegan a Ica es para visitar Huacachina, por lo cual conseguir transporte resulta sencillo. La laguna se ubica a cinco kilómetros de la ciudad y basta con frenar cualquier taxi o moto-taxi para que nos lleven por unos pocos soles.

Décadas atrás Huacachina servia como balneario para la población de la zona, pero actualmente ya no cumple su función originaria y no es aconsejable entrar al agua. A su alrededor no vamos a encontrarnos con un pueblo que vive de los recursos naturales de este “oasis” como puede llegar a pensarse, ya que ahora el único recurso explotado es el turismo, y esto nos quedará bien claro desde el momento de nuestra llegada.


A decir verdad, al visitarlo no me deslumbre demasiado por lo que me encontré y me siento conforme de haberle dedicado solo algunas horas. Pero a pesar de esto, y dejando de lado por unos momentos los aspectos que me hicieron poco atrayente el oasis, Huacachina tiene algunas particularidades a destacar.

Cuando hablamos de un oasis nos referimos a una zona fértil, con vegetación y generalmente con agua (ya que la primera necesita de la segunda para crecer) en un lugar desértico. Tal vez pensar en estos lugares nos remonten al norte de África, en el desierto del Sahara, y no tanto a América. Si esta asociación es la primera que se vino a nuestras mentes, tan equivocados no estamos, ya que en realidad es extraño encontrar oasis en el continente americano, tan extraño que la laguna de Huacachina se considera el único oasis de América.

Pero hay que decir que algunos años atrás no solo existía esta laguna, sino que eran cuatro vecinas a Ica: Huacachina, La Victoria, La Huega y Orovilca. Lamentablemente las últimas dos fueron secándose hasta desaparecer completamente, restando solo vegetación en la zona. La Victoria, seca durante décadas, desde hace un tiempo cuenta con agua nuevamente también gracias a la irrigación artificial. En el caso de Huacachina, la laguna aún posee agua, pero para no tener el mismo final que sus vecinas es irrigada artificialmente a través de tuberías. Aún así son constantes los problemas respectivos al mantenimiento principalmente del nivel de agua generando continuos debates sobre su futuro (para muchos incierto).

Saber esto puede restarle encanto a Huacachina, aunque no así hacerla indigna de visita, pero en gran parte si la visita no me resulto del todo satisfactoria es por la falta de mantención del predio que conforma el “oasis”.

Aún así Huacachina es un lugar perfecto para disfrutar de apreciar el desierto peruano en pocas horas y sin adentrarse demasiado en él, ya sea caminando por las dunas o realizando algunas de las actividades que ofrecen las empresas dedicadas al turismo: Dar un paseo en tubulares (buggies) por la arena y hacer sandboard.




Consejos:

●Aunque pueda parecer algo básico, es conveniente visitar huacachina con calzado cerrado, ya que caminar por la arena caliente puede llevarnos a que pasemos una tarde con complicaciones, e incluso impedirnos de caminar demasiado por la arena. (Soy de los que no pensó en esto en ese momento, por eso luego de padecerlo recomiendo que otros no lo hagan).

●Según entiendo, las agencias de turismo manejan un único precio para sus excursiones, por lo tanto no sirve de mucho insistir en regatear el precio o en analizar hasta el cansancio distintas opciones.

●Particularmente en Huacachina no hay demasiado para hacer. Las actividades se limitan al paseo en vehículo por las dunas, sandboard, comer en algún restaurante, o simplemente apreciar la laguna y el paisaje. En pocas horas es posible agotar todas las opciones a realizar, y por ende puede resultar exagerado restar más de un día allí.

9 de enero de 2018

La ruta del Spondylus.

Para algún desconocedor de la fauna marina como yo, escuchar el nombre de este camino puede resultar extraño, o una primer asociación llevarnos ubicarla en algún país con un pasado de influencia directa del Latín como lengua, o tal vez el griego. Pero no, la ruta del Spondylus es la denominación con la cual se designa al camino costero al océano Pacífico que atraviesa de norte a sur Ecuador.

El spondylus es un género de moluscos con concha que se encuentran principalmente en el océano Pacífico. En el caso de América desde California a Perú. En Ecuador y Perú, en la zona que abarca la ruta, es posible encontrar dos especies: Spondylus calcifer y crassisquama o princeps

Llamativamente, sin conocer su nombre, recordaba haber visto esta ostra en el museo malacologico de Vieste, Italia, aunque sin saber nada de ellos, menos que era posible encontrarlos en las costas sudamericanas.



Este se destaca por su caparazón, que en algunos casos es de color rojo o púrpura, y las espinas que lo cubren. Pero por sobre todo, es de destacar su importancia por el rol que cumplió durante épocas prehispánicas, ya que para pueblos como los Valdivia, que habitaban en la costa de Ecuador, se lo consideraba como un objeto de culto a la lluvia y al agua. Esto se debe a que al aumentar la temperatura y acercarse la época de mayores precipitaciones, el spondylus migra a zonas más próximas a la costa, y al ser detectados por los habitantes aledaños al mar, estos podían deducir las condiciones meteorológicas venideras. Por eso también, con el agua y la posibilidad de cultivos prósperos, se lo asocia a la fertilidad. A su vez, es posible encontrar rastros de estas ostras sudamericanas en países lejanos como México, que hace pensar que podría haber utilizado como producto de intercambio o una especie de moneda.

En la actualidad, la población  de spondylus se encuentra en permanente observación, ya que su concha hace atractiva su recolección para la venta, y también su carne es vendida en los restaurantes costeros. Esto generó preocupación por la baja de su población, llevando a tomar la decisión de poner este nombre a la ruta costera ecuatoriana para intentar frenar el consumo. Pero aún es un debate si esto sirvió, o si solo colaboró en que más turistas se sientan atraídos por comprar esta concha como recuerdo o probar su carne en algún restaurante.

Durante nuestro recorrido por la costa ecuatoriana no vimos al spondylus más que en carteles explicativos. Tal vez mejor así, que solo puedan encontrarse en su hábitat natural. Y tal vez escribir sobre ellos, pueda servir para que al verlo en una tienda de recuerdos, o en el menú de un restaurante, podamos optar por comprarlo o no, sabiendo sobre ellos.

Pedernales.

Nuestro viaje podría decirse que comenzó en Pedernales, o esa era la idea. La partida de Quito se demoró hasta el mediodía, y finalmente transcurrió por un camino de espesa vegetación, con camiones y vendedores de plátanos por doquier que nos permitió conocer un poco de la geografía ecuatoriana, pasando de la región andina a la costera del país. Algunos inconvenientes en el camino, hicieron que lleguemos de noche a una terminal de buses de aspecto improvisado, que nos dejaba poco claro donde se encontraba ubicada.

Era demasiado tarde como para dar un paseo por la ciudad como deseábamos. Pero para nuestra fortuna, conseguimos un bus que partía inmediatamente, y una de sus paradas era en Canoa, nuestra primer ciudad de la ruta costera. Así que menos de cinco minutos de haber pisado Pedernales, ya la estábamos abandonando.

Canoa: dos caras de la naturaleza.

Llegamos cerca de la medianoche. Casi no había gente por las calles, y la tenue iluminación no nos permitia tener en claro hacia dónde dirigirnos. 

Un hombre en bicicleta se acerca a nosotros para ofrecernos alojamiento. Tal vez lo prejuzgamos sin conocerlo, pero si bien fuimos con él hasta el lugar que deseaba ofrecernos, no nos transmitió confianza y elegimos buscar por nuestra cuenta.

Es así como llegamos a un hostel frente a la playa donde aún había gente despierta, incluidos los propietarios.

Habíamos viajado a Canoa bajo recomendación de una amiga, que estuvo medio año antes y la destaco por sus hermosas playas. Aunque con la advertencia que poco tiempo antes de su visita la ciudad había sufrido un terremoto y eso hizo que la experiencia no sea demasiado buena.

El terremoto en cuestión tuvo su epicentro en Pedernales, pero afectó a toda la provincia de Manabí y parte de Esmeraldas, con una intensidad de 7,8 grados, dejó más de 670 víctimas, y mas de 28000 personas que necesitaron ser albergadas.

A la mañana siguiente a nuestra llegada, luego de un energético desayuno de café con un revuelto a base de huevo, camarón y plátano, salimos a recorrer la ciudad, donde casi diez meses después, aún era posible observar las consecuencias que dejó este acto de la naturaleza.

Infinidad de edificios se encontraban parcial o completamente derrumbados, y bastaba solo con hablar con cualquier habitante para escuchar su historia sobre algún familiar, vecino o amigo que perdieron ese día. En el plano material, muchas familias quedaron en la ruina luego de perder no solo sus casas, sino sus albergues, en un pueblo donde gran parte de la economía depende del turismo.

Las playas, y el mar que tanto atrae a surfistas de diferentes partes del mundo, estaban desiertas a pesar de ser febrero y por ende encontrarnos a mitad del verano.

Aún así, desde nuestro hostel, donde el desastre no podía observarse, la vista al océano mostraba el maravilloso lugar en el que nos encontrábamos, que dicho sea de paso, fue la primera vez en el viaje que pudimos disfrutar del mar.

Lamentablemente la ciudad no cuenta con bancos ni cajeros electrónicos, por lo que al no prever esta situación, y contando con poco dinero en efectivo, tuvimos que dejar Canoa luego de un día completo allí.






Montañita 1: la ciudad de la fiesta, sin fiesta...

Luego de nuestro corto paso por Canoa, nos dirigimos a las famosa (por lo menos en Argentina) ciudad de Montañita. Destacada por sus playas y su fiesta.

A diferencia de otras ciudades Ecuatorianas que conocimos (a excepción de Baños) la ciudad claramente se encuentra organizada alrededor del turismo, y esto puede verse en sus negocios y bares, así como en las calles y personas que las circulan. Ni bien llegamos, al bajar del autobús, aparte de jóvenes ofreciéndonos alojamientos, nos encontramos con una pastelería que contaba con una variedad de facturas (bollos) y panes dulces que no habíamos visto en todo el viaje. Luego de tantos “desayunos salados” no dudamos en ingresar al instante.

Luego de caminar un poco analizando opciones, dimos con el “Hostal David” donde su dueño, David, nos demostraría que a pesar de no poseer una fachada extremadamente cautivante, lo cualitativo de este lugar no radica en su buen precio (de los más económicos que encontramos, y con habitaciones privadas decentes) sino su hospitalidad y buen trato.

Una de las primeras noticias que recibimos fue que esos días la ciudad no era la de siempre, ya que al realizarse elecciones presidenciales ese fin de semana, por la veda electoral estaba prohibida la venta oficial de alcohol. Aunque pueda resultar paradójico es increíble que una ciudad pueda cambiar con o sin alcohol en sus calles. Pero esa es la realidad de Montañita, una ciudad que vive del turismo, que al parecer la buscan no solo por sus playas, sino por las fiestas y el alcohol. 

Una conversación con David nos daba a entender que esto, sumado al asesinato de dos turistas Argentinas ocurrido poco tiempo atrás que derivó en mayores controles sobre bares y discotecas, venta de alcohol y de drogas, hacían que la ciudad, que parecía ser descripta como la panacea de Dionisio, no sea la misma que meses antes.

Si bien nosotros no buscábamos fiestas descontroladas, llegamos con la intención de ver la ciudad como es cotidianamente, y de ser posible, también tomar un trago en un bar. Pero en lugar de esto, encontramos la mayoría de los negocios cerrados, pocas opciones donde disfrutar la vida nocturna, y si no fuera por la cantidad de turistas en las calles, nada hacía demostrar que nos encontrábamos en aquel lugar que tantos nos dijeron era parada casi obligatoria si viajamos a Ecuador.

Sin muchas opciones, nos dedicamos solo a recorrer un poco las calles principales en búsqueda de información sobre como arribar a Puerto López, desde donde realizaríamos una excursión a la isla de La Plata.


Puerto López y la “Galápagos de los pobres”.

Conocer las islas Galápagos es la ilusión de muchos a la hora de visitar Ecuador. Pero los elevados precios, y en algunos casos, el tiempo necesario para poder hacerlo, generan que algunos no podamos permitírnoslo. Pero hay una alternativa que por un precio más accesible y la posibilidad de hacerlo solo en un día, nos permite que aunque no sea igual a las Galápagos, poder disfrutar un poco de la naturaleza marina ecuatoriana. Se trata de la Isla de la Plata, una pequeña isla situada a cuarenta kilómetros de Puerto López, la cual comparte similitudes con el ecosistema de Galápagos.

Al no tener una excursión reservada, decidimos levantarnos temprano para tomar el autobús a Puerto López, lugar de salida de las excursiones. Si bien podíamos reservar en las agencias de Montañita, preferimos hacerlo directamente en Puerto López, sin intermediarios, y evitando posibles “sorpresas” al llegar.

Una vez en Puerto López, notamos que aún la mayoría de los negocios (incluidos los de turismo) se encontraban cerrados. Sin deseos de arriesgarnos más, en la primera agencia que encontramos abierta hicimos la reserva, y dejamos las mochilas hasta la hora de salida. En general el horario de comienzo de la excursión es a las 9:30, y se finaliza aproximadamente a las 17 hs.

No encontramos demasiado para realizar en Puerto López, ni podíamos aventurarnos a alejarnos demasiado del muelle, por lo cual solo nos detuvimos en un bar a desayunar. Como era habitual, no faltó el clásico bolón.

Finalmente salimos hacia la isla.

Ya en el barco comenzarían los primeros avistajes cuando unas tortugas marinas se acercaron a nuestra ubicación. Poco tiempo después, serian unos delfines los que pasaron vecinos a nosotros. La época de nuestra visita no era la indicada, pero también en el periodo de junio a septiembre, es posible observar ballenas jorobadas, quienes son las vedettes de Puerto López. 

Cerca de la isla, la embarcación se detuvo para que podamos realizar snorkel. El principal objetivo de la actividad es observar los arrecifes de coral del fondo marino, aunque en mi opinión, lo más destacable son los cardúmenes de peces coloridos que pasan entre nosotros. Vale destacar de esta actividad que no es necesario tener experiencia, y si no sabemos nadar, nos brindan chalecos salvavidas para que podamos flotar. Cabe decir que tampoco es una clase de snorkel, por lo cual las indicaciones que nos brindaran son las mínimas necesarias para utilizar el equipo. Si tenemos una cámara de fotos sumergible, o una funda, no olvidarla, ya que en el momento desearemos tenerla con nosotros.





Luego de desembarcar en la isla, descansamos y aprovechamos para ir al baño. Luego nos brindaron la posibilidad de escoger entre distintos recorridos para realizar una caminata con un guía especializado, que nos explicó la historia de la isla y sobre todo la flora y fauna nativa.

Cuentan que la isla lleva ese nombre producto que era el sitio donde los piratas que merodeaban la zona utilizaban para esconder sus tesoros. Esta misma historia suele indicar que al verla de lejos, la isla refleja el color brillante de la plata que aún se encuentra distribuida en distintos puntos del territorio.




En relación a su biodiversidad, esta forma parte del Parque Nacional Machalilla, y se destaca por conservarse sin demasiadas alteraciones por parte de la mano del hombre, en parte por la limitación y restricción del número máximo de visitantes diarios impuesto para su mejor preservación.

Basta solo con pisar la isla para comenzar a ver al llamativo piquero de patas azules o alcatraz patiazul, un ave que una vez alcanzada la adultez posee este color en sus patas. En nuestro caso no lo observamos, pero también se encuentra la especie de patas rojas. Pero si color rojo pudimos ver a la fregata, otra ave, la cual los machos poseen este color en el pecho, y a la hora de cotejar a las hembras pueden inflarse como un globo.








Montañita II. Aún bajo los efectos de la ley seca.

Regresamos a Montañita una vez finalizadas las elecciones, pero hasta el día siguiente continuaría la veda.

Cansados del viaje a la Isla de La Plata y con un poco de fiebre, posiblemente producto de estar todo el día bajo el sol, no hicimos más que dormir. A la mañana siguiente, por fin pudimos caminar un poco por las playas y disfrutar de un dia en el mar.

Poco puedo decir sobre Montañita por las particularidades de los días en los que estuvimos, pero claramente el ambiente se siente distinto a otros lugares como Canoa. Aquí prácticamente todo es turismo, y orientado al turismo. La gente caminando en las calles y en las playas es constante, y si uno desea buscar un pueblo tranquilo y playas despejadas, Montañita definitivamente no es el lugar. En cambio, si buscamos un ambiente juvenil, festivo, y playas animadas -si vas fuera del periodo de elecciones- este es el sitio indicado.

Finalmente nos despedimos de la costa, y de Ecuador. David, el dueño del hostel, se ofreció a llevarnos hasta salinas, desde donde debíamos tomar un autobús a Guayaquil, y desde allí otro de regreso a Perú.



Nos faltó…

En nuestro caso, visitar Ecuador fue un extra de un viaje que tenía como objetivo principal explorar Perú. Es por ello que no pudimos recorrer en profundidad (más allá que sobre la marcha cambiamos el plan original y terminamos recorriendo el país durante diez días).

Tal vez el nombre de esta nota sea más un capricho por destacar el llamativo nombre de esta ruta costera, vale la pena distanciarse un poco de las principales ciudades como son Quito y Guayaquil, para conocer la costa ecuatoriana.

Sin buscar demasiadas innovaciones, y hablando solo de los principales lugares turísticos, en mi caso hubiese deseado poder conocer Playa Los Frailes, que se ubica entre Montañita y Puerto López. Es un área natural protegida que forma parte del Parque Nacional Machalilla, y donde aparte de sus playas se puede disfrutar de caminar por los senderos de acceso a la misma, ver sus acantilados y distintos puntos panorámicos. Se considera una de las mejores playas de Ecuador. Y también alejarme un poco de la costa para visitar Jipijapa, un pequeño pueblo donde se realizan los mundialmente famosos sombreros de Panamá (Acá pueden leer más sobre ellos).