23 de septiembre de 2015

Valle Sagrado. Día 2: Qenqo, Pukapukara y Tambomachay.

Por tercera vez debíamos emprender el camino en subida en dirección a Saqsaywaman. Esta vez para realizar aproximadamente siete kilómetros por la carretera 28G y visitar las siguientes ruinas de nuestro recorrido: Qenqo, Pucapucara y Tambomachay. 

Pero al llegar a la ruta, decidimos que no queríamos volver a realizar la caminata como los días anteriores hasta Saqsaywaman y comenzamos a realizar autostop. El primer vehículo que se detiene, cuando empezamos a hacerle señas solo habíamos visto que era color blanco, al acercarse notamos que se trataba de una patrulla de policía. Para nuestra sorpresa aceptó transportarnos, y como le quedaba de paso nos dejó directamente en Qenqo.




Poco se sabe aún sobre la función de Qenqo más que servía como centro ceremonial. Como casi todo sitio arqueológico de Cusco, se cree que pudo ser la tumba de Pachacutec, o que al menos sus restos pudieron estar allí por un tiempo.

Su nombre en quechua significa laberinto o “zigzag” y fue llamado así por los españoles por unas canaletas con esa forma que no vi durante mi visita, y me enteré de su existencia recién a la vuelta del viaje. 

Una primer imagen del lugar no resultó sorprenderme mucho, ya que parece ser una derruida construcción megalítica. El monolito principal, la Roca Sagrada, no cuenta con ninguna forma particular, pero por los cortes de la piedra, podría haber sido una escultura destruida durante el proceso de “extirpación de idolatrías” que ocurrió durante el siglo XVII y consistió en un intento de eliminar los cultos andinos, principalmente destruyendo todo tipo de figura religiosa. También podría haber sido una de las 328 “huacas” o lugares sagrados del imperio Inca.



Al rodear la gran piedra del complejo, notamos una escalera que conduce a una pequeña cueva. Su interior se encuentra tallado, y en él es posible observar una mesa de sacrificios con un pulido típico de la excelente mano de obra Inca. Aunque esto último atrajo un poco más mi atención, tal vez sea por ignorancia y poco conocimiento sobre el lugar, Qenqo es de los pocos sitios en Cusco que no despertaron demasiado mi atención.












Salimos de las ruinas y atravesamos el pueblo vecino hasta un cruce, donde optamos por alejarnos de la carretera 28G para dirigirnos a visitar el Templo de la Luna, ubicado a 800 metros de Qenqo. 

Era costumbre de los Incas utilizar grandes rocas para realizar en ellas sus construcciones. Por esto, este templo que desde fuera parece una simple montaña, en su interior guarda una cueva que en tiempos pasados fue otro centro ceremonial Inca. Según su cosmovisión, la luna representa fertilidad, por ende, este sería un templo a la fertilidad.





Como Qenqo, quienes deseaban eliminar rastros de adoraciones andinas, exterminaron casi todo relieve o decoración, sin embargo, una recamara fue conservada con su forma, donde es posible observar como un rayo de luz ingresa por un hueco en el techo. Según dicen, las noches de luna llena la recamara se ilumina por completo.

Al no encontrarse en el boleto turístico, y estar más alejado de la ruta, el Templo de la Luna es menos visitado que su vecino Qenqo. Sin embargo, más allá del turismo, el templo sigue cumpliendo su función ancestral, ya que es visitado por parejas con problemas de fertilidad que recurren con la esperanza de poder concebir.




Un dato a destacar, que no es extraño por su politeísmo, y por encontrarse en el centro del Imperio, es la cercanía de estos centros ceremoniales, ya que junto con el Templo de los Monos (y algún otro que desconozca) parecen formar un complejo religioso, donde cada uno se encuentra a menos de 800 metros del otro.

Continuamos nuestro camino, pero decidimos hacerlo fuera del asfalto de la carretera, por los senderos entre los campos del valle.












Nuevamente en la ruta, atravesamos el pueblo de Huayllarcocha hasta llegar a la fortaleza roja de Puka Pukara. Se cree que cumplía la función de “tampu”, una especie de albergue para viajeros y las comitivas que acompañaban a la realeza a Tambomachay. A su vez, este complejo como otros sitios Incas pudo cumplir otros roles. Sus murallas, que adquirieron tonalidades rojizas producto del hierro de la tierra, hacen estimar que también formaba parte del sistema defensivo de Cusco. Al caminar por ahí notamos que esto último podría ser veraz, ya que es posible tener una buena visión del valle. Es más, los carteles informativos del sitio indican que por su arquitectura posiblemente fue un centro ceremonial, creo yo que por su Ushno central, una especie de pirámide donde se auspiciaban ceremonias.

Es aquí, en un cartel informativo, donde conocería un término nuevo para mí, el de “ceque”. Los Ceques eran líneas imaginarias que en forma radial partían del templo de Qorikancha en todas las direcciones y se alineaban con los lugares sagrados “huacas”. Puka Pukara se encontraba sobre el primer ceque del Antisuyo. 








A menos de mil metros de Puka Pukara se encuentra nuestro último destino del día, Tambomachay.

Una hilera de árboles al costado del camino, y algunos vendedores forman una especie de pasillo hasta el templo principal. Digo templo ya que aparte de ser un lugar de descanso de la nobleza, era un sitio de veneración al agua.

Tambomachay no es tan grande como otros sitios construidos por los Incas, hasta considero que las murallas de Puka Pukara resultan más imponentes. Pero lo sorprendente de este lugar es su sistema hidráulico, mediante el cual llega hasta sus vertientes un agua cristalina de manera constante y pareja durante todo el año, que aún no se sabe de qué manantial provienen. Los incas veneraban el agua y dedicaban grandes esfuerzos para realizar obras hidráulicas.





Parece obvio y hasta básico adorar algo tan común para nosotros, pero en este aspecto a veces pienso que involucionamos en su cuidado y resulta sorprendente que aún hoy es posible encontrar tal pureza en el agua de estos lugares construidos hace más de 500 años, en un país donde es aconsejable no tomarla si no es embotellada.

Luego de un intenso día, y de un avance continuo en nuestro descubrimiento y aprendizaje sobre la cultura Inca, decidimos regresar. El día siguiente continuaríamos recorriendo el valle, cerca, aunque cada vez más alejados del ombligo del mundo.





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