1 de octubre de 2018

El modernismo Catalán y el Palau de la Música.

No soy un especialista en arquitectura ni en arte en general, aunque despierten mi interés y sean uno de los focos principales a la hora de caminar por una ciudad. Aún así, en Barcelona parece casi imposible evitar pensar y observar el estilo modernista, que tal vez se encuentra de moda y por eso hasta Mcdonald's se viste con este estilo arquitectónico, o tal vez (y realmente) es una insignia y un fiel reflejo de una ciudad que parece aglutinar todos los aspectos del tan usado (y a veces poco comprendido) término de “bohemio”.

En una ciudad propagandísticamente dominada por Antoni Gaudí, fiel representante de este estilo, es posible alejarse de su figura para apreciar una forma artística en auge en Europa entre fines del siglo XIX y principios del XX, que en esta ciudad cobró características particulares.





Este estilo, también conocido como Art Nouveau o Arte Nuevo, buscaba romper con todo lo hecho anteriormente, y dio espacio a que las vanguardias puedan expresarse prácticamente de manera libre.

Los arquitectos modernistas comenzaron a utilizar más el hierro y el vidrio, haciendo uso de los avances tecnológicos generados por las revoluciones industriales del siglo XVIII y XIX que permitían emplear nuevas técnicas, pero intentando evitar las producciones en masa, y optando por lo artesanal.

En él destacan las curvas, los colores, figuras de plantas y animales, grandes paredes y ventanas de vidrio (una novedad en aquella época), pero también tuvo la particularidad de ser heterogéneo y abrir un gran abanico de posibilidades artísticas con una fuerte impronta del artista, en el caso de la arquitectura, del arquitecto.

Al utilizar elementos realizados de modo artesanal, es muy común encontrarse con detalles únicos que difícilmente tengan un igual en otro sitio. A su vez, la importancia del arquitecto superaba los límites de la construcción del edificio, ya que la ornamentación, mobiliario y demás componentes formaban parte de la planificación por él desarrollada. En este caso, el modernismo también incorporaba a muchas ramas de la industria, ya que fue importante el trabajo de escultores, herreros, vidrieros, ceramistas, carpinteros, etcétera, que con su trabajo artesanal cumplian un rol relevante en la construcción.

Modernismo Catalán

En el caso de Barcelona y Cataluña, este movimiento tuvo un auge particular, ya que coincidió con el resurgimiento de la cultura Catalana y los intentos de diferenciarse del resto de España. Es por esto que el resto del país Ibérico es menor la proporción de edificios de este estilo que podemos encontrar. Vale mencionar también, que este movimiento pudo florecer producto de los (adinerados) Catalanes que desearon invertir muchísimo en el art nouveau. 

Como fue dicho al principio, en Barcelona predomina Gaudí, y no es para menos el mérito de este gran artista, quien incluso ya habiendo dejado su vida terrenal sus obras siguen avanzando en Barcelona con la interminable construcción de “La Sagrada Familia” que ya lleva 136 años, y se estima que recién en 2026 podría ser terminada. Su figura y sus obras son temas tan recurrentes al hablar de esta ciudad que todo lo que podría decirse se tornaría repetitivo, e incluso la difusión casi exclusiva de su figura hace que el resto quede en el olvido, y pasen desapercibidos los más de cien arquitectos catalanes que reflejaron el estilo modernista.




En una sola manzana de Barcelona, denominada “manzana de la discordia” a raíz de estas obras, hay cinco edificios modernistas: La casa Batlló realizada por Gaudí, Lleó Morera de Domènech i Montaner, Amatller de Puig i Cadafalch, Mulleras de Enric Sagnier y Bonet de Marceliano Coquillat. Todas estas realizadas como casas particulares para las familias de la cual cada una recibe el nombre.

Palau de la Música Catalana

Luego de Gaudí, uno de los arquitectos modernistas más famosos de Cataluña fue Lluís Domènech i Montaner, quien realizó obras como el hospital de San Pablo, el Castillo de los tres dragones y el Palacio de la Música Catalana.
Castillo de los tres dragones.
En Barcelona tuve el placer de ser alojado por Francisco, quien es afinador de pianos, y trabaja casi de forma exclusiva como el afinador oficial del Palau de la Música y el Auditorio de Barcelona, los espacios musicales más prestigiosos de la ciudad y de gran reconocimiento mundial.

Junto a él pude conocer “tras bambalinas” el Palau de la Música, un fiel representante de la arquitectura modernista catalana, que además es la única sala de conciertos del mundo declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Antes de ingresar, su fachada impacta con su color rojo con detalles en blanco, flores, y cerámicas de colores por doquier. Estas también cubren una serie de columnas, cada una con un diseño distinto. Los detalles arquitectónicos abundan, entre ellos las balaustradas de vidrio del balcón de la primer planta, la cúpula de hierro, y “La canción popular”, una gran escultura ubicada en uno de los ángulos del edificio que le da aspecto a proa de barco. Su fachada trasera, originalmente tapada por la iglesia de San Francisco de Paula (derribada en el año 2000) demuestra la heterogeneidad del modernismo ya que cambia completamente respecto al resto del edificio y está realizada casi exclusivamente en vidrio.
































En el interior la ornamentación es igual o más abundante, y aunque todo el edificio es digno de admirar, sin dudas quien asista por primera vez al Palau a escuchar una obra, probablemente le resultará una tarea difícil concentrarse en la música observar la decoración de la sala de conciertos.



En la sala lo primero que destaca es el gran tragaluz del techo, con una forma semiesférica amarilla en el centro, que representa al sol. También, en las paredes del escenario se encuentran las musas de las artes y el conocimiento de la antigüedad, actualmente de color blancas, pero por muchos años pintadas de marrón para intentar hacerlas pasar desapercibidas, ya que durante el gobierno del dictador Francisco Franco eran consideradas inmorales.

Un tercer elemento a destacar son las valquirias, unos seres divinos femeninos de la mitología nórdica que galopando en sus caballos buscaban a los mejores guerreros caídos en batalla para llevarlos al Valhalla, el paraíso de los guerreros nórdicos, un gran salón donde podrían combatir por toda la eternidad. Relacionado con la música, el compositor Wilhelm Richard Wagner realizó una ópera sobre las valquirias, lo que sirvió de inspiración para Domechech en el Palau de la Música, por lo que es habitual llamar a esta escultura “Las Valquirias de Wagner”. Cabe mencionar que aunque no hayamos ni hablar de Wagner, basta solo escuchar el comienzo de su obra “La cabalgata de las valquirias” para reconocerla inmediatamente.




Musas del arte y el conocimiento.

A la derecha del tragaluz, escultura de "Las Valquirias".

Finalmente, por más que no podamos asistir a un concierto, durante las visitas guiadas podremos escuchar el órgano sonar con alguna canción y relajarnos mientras observamos el edificio.

Consejos

Precio entrada Palau de la música: 20 euros o 25 con un mini concierto.

Referencias


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