24 de febrero de 2019

Los monasterios pintados de Bucovina. Un gran motivo para recorrer la histórica región de Rumania.

Tal vez puede gustarnos o no, o puede que lejos de “nuestra cultura” a la que estamos acostumbrados algunas expresiones sean extrañas para nosotros, pero no hay dudas que el arte, en sus distintas expresiones, es posible encontrarlo en cada rincón del mundo, aún en ellos que menos nos esperamos. Incluso, a veces lamentablemente aunque sean sitios declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad, si se encuentran en países “poco conocidos” o no considerados destinos “top”, esas formas de arte quedan en un segundo plano y son desconocidos a la mayoría del mundo. Esto sucede con los monasterios de la Bucovina, en el noreste de Rumania. 

Las iglesias ortodoxas en general cuentan con la particularidad que reflejan escenas bíblicas o históricas pintandolas en cada rincón de los muros, lo cual hace unos siglos atrás, cuando la mayoría de las personas no sabían leer, las imágenes eran el mejor método para poder llegar a toda la sociedad. Desde comienzos del siglo XVI y hasta finales del mismo, en la región de Bucovina, núcleo del principado de Moldavia, comenzó a avanzarse en la idea de realizar iglesias que no solo cumplan la función de ser utilizadas por dentro, sino también por fuera.

Esto se debe por un lado a que por las invasiones Otomanas que sufría el Principado en esa época, pobladores de la región buscaban asilo dentro de las murallas del monasterio y con estas representaciones podían transmitirles las ideas religiosas (e incluso político/históricas). A su vez, como el interior de los templos se encuentra limitado a determinada capacidad, y generalmente quienes tenían el privilegio de ingresar en el momento de ceremonias eran los sectores mejor acomodados de la sociedad, esto permitía que aún en tiempos de paz, quienes quedaran afuera puedan de algún modo ser parte de la ceremonia.

Esto llevó a que los monasterios posean la característica de ser los únicos en el mundo que no sólo cuentan con sus muros completamente pintados por dentro, sino que a diferencia de otros, también por fuera. 



Ocho son los más conocidos y mejor conservados por estar inscriptos en la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad, pero es posible encontrarlos por toda la región. Estos son los monasterios de Arbore, Humor, Moldovita, Suceava, Probota, Pătrăuți, Voronet y Sucevita. Si bien es posible distinguir características particulares en cada uno, los une el estilo arquitectónico y la función de los frescos de sus paredes. 


Aún así, lo destacable no es solo el curioso método de transmisión bíblica, sino que gran parte de las obras se hayan mantenido por cinco siglos. Varios son los motivos que llevan a que no se borren, combinación de arquitectura y clima: Por un lado, el tipo de construcción de las iglesias con techos con aleros (típicas de esta parte del mundo) evita que el agua caiga directamente sobre las pinturas y las estropee. Por otro lado, el clima de la región colabora ya que la atmósfera es apropiada para mantener las obras, y el viento juega un papel clave debido a que las paredes que mejor conservan las obras son aquellas donde menos impacto reciben, evitando la corrosión que genera el aire en sí mismo, y el agua de lluvia arrastrada por este último.

Suceava I: Inicio del viaje

Para poder visitar los monasterios viajamos en tren desde Bucarest (Capital de Rumania) a Suceava, capital del distrito homónimo donde se encuentran los templos. Si bien es común identificarlos como parte de Bucovina, esta, así como Transilvania o Valaquia, es una de las regiones históricas Rumania, pero no una división administrativa actual. 

Lamentablemente, si bien se encuentran a poca distancia uno del otro, y un recorrido por todos implica no más de 200 kilómetros, visitarlos en transporte público puede llevarnos entre dos y tres días. Es por esto que para aprovechar el resto de los días en otros sitios, buscamos las opciones que nos permitan ver todo en un solo día.

Lo más sencillo es conseguir un tour, aunque en nuestro caso de sencillo no tuvo nada. El tren nos dejó en la estación de Bucovina, pero tardamos un rato en comprender que en realidad no se encuentra en el centro de la ciudad, y un poco más en conseguir transporte hasta él. Aún así, cerca de las nueve de la mañana ya estábamos buscando tour. Pero no fue fácil encontrar una agencia que lo realice. Finalmente dimos con la oficina de turismo, donde nos informaron a la perfección e hicieron todo lo posible por conseguirnos alguna opción para el día. Lamentablemente las pocas agencias de viaje que lo realizaban ya se habían ido, y la única alternativa que nos brindaron fue ofrecernos un auto con conductor que nos realice el recorrido de modo privado, pero sin guía y a un precio superior al del tour guiado, que incluso contaba con comida incluida. 

Es por esto que decidimos optar por una opción que veníamos analizando, pero dudabamos de realizar porque no tendríamos a una persona que nos explique y principalmente por ser un modo de viaje nunca implementado por mi: alquilar un auto.

Si bien no era la opción que más me convencía, en este caso no dudo en decir que fue la mejor decisión por varios motivos: El principal fue que ante las pocas opciones que teníamos, pagar por un empleado que conduzca siendo que lo podíamos hacer nosotros no tenía sentido. Luego las clásicas  cosas que con un tour no podríamos permitirnos: Libertad de decidir que recorrer, cuánto tiempo dedicar a cada lugar, y detenernos a comer o descansar donde deseemos, A su vez, en la oficina de turismo nos habían dado buenas guías de viaje, por ende compensamos la falta de una persona que nos explique. Por último, entre alquiler de auto y recarga de combustible gastamos cerca de 80 euros, mitad del precio que habríamos pagado recurriendo a una agencia de turismo.

Para realizar el recorrido elegimos un chevrolet Spark, el auto más pequeño y económico ya que no necesitábamos más. Cerca de 10:30 de la mañana empezamos a viajar.
































Humoroloi

Nos dirigimos al oeste por la ruta 17 la cual seguimos durante casi todo el recorrido. En Gura Humorului nos desviamos para adentrarnos en el pueblo y visitar el primer monasterio: Humor.

Aquí comprobamos que, como habíamos averiguado, para tomar fotografías o filmar el interior del monasterio (no de la iglesia, allí está prohibido aún pagando) se debe pagar un extra que duplica el valor de la entrada (5 Leu entrada y 10 el permiso de fotografías, 10 Leu= 2,4 dolares). En general si tomamos unas pocas fotos sin pagar nadie nos va a decir nada. En mi opinión, si bien en este caso el monto no es demasiado alto, soy contrario a la idea que en un sitio donde ya pagamos una entrada, cobren más por usar nuestras cámaras (sea en Rumania o cualquier parte del mundo), ya que actualmente es algo habitual que hacemos casi todos, y aún si el precio de la entrada general fuera un poco más alta para compensar, considero que nadie lo notaría y evitaría que pongamos mala cara al encontrarnos con ese cartel.  En este caso, si el dinero extra va destinado a la mantención del monasterio, puede ser una buena causa pagar, por ende esto queda a criterio de cada uno.

Una vez dentro del complejo los muros de la iglesia se llevan toda nuestra atención y la arquitectura queda de lado. Pero ella es una característica común de todos los templos, y tienen la particularidad de combinar el estilo de tejados con formas curvas típicos de la región, el gótico y la arquitectura bizantina, de la cual tienen gran influencia no solo estos sino muchos templos ortodoxos.

Fue el príncipe Stefan Cel Mare, principal figura patria de Rumania y Moldavia quien comenzó con la construcción de estos monasterios (y otras muchas obras) y su hijo Petru Rares continuó su legado, siendo él quien incentivó a pintar la mayoría de los monasterios, entre ellos el de Humor.

Como sucederá con casi todos, las obras fueron realizadas con el respaldo económico de una familia importante, en el caso de Humor fue Teodor Bubuiog, canciller de Petru Rares. Como es de esperarse por quien realiza la inversión, a cambio los monasterios suelen poseer en algún rincón una imagen de quienes lo financiaron.

Este monasterio es uno de los que mejor conserva las pinturas, donde resalta el color rojo, y entre ellas destacan dos escenas que serán recurrentes como son el asedio de Constantinopla y el juicio final.




Voronet: La Capilla Sixtina del este

A poca distancia de Humor, se encuentra el segundo monasterio de nuestro recorrido, el perteneciente a Voronet, una antigua aldea que actualmente se encuentra bajo la administración de la ciudad de Gura Humorului. Al acercarnos al templo, la cantidad de puestos de vendedores con productos para turistas parece ser desproporcionada a comparación de los visitantes que llegan al pueblo, al menos en noviembre, mes que realizamos el viaje.

Tal vez la constancia de los vendedores pueda parecer exagerada para una iglesia en una ex aldea que fue incorporada a una ciudad que no llega a las 20.000 personas y que se encuentra más cerca de la frontera con Ucrania que de la capital de su país. Pero esta idea probablemente desaparezca si pensamos que pocos afirmarían que en toda Rumania hay un monasterio más conocido que este, del cual su iglesia se ganó el apodo internacional de “La Capilla Sixtina del este”. Un seudónimo desafiante que nos llevaría automáticamente a comparar, y creo que son dos estilos distintos, con dimensiones y presupuestos para la realización de cada uno distintos, y demás razones que los vuelven incomparables.

A diferencia de Humor, que cuenta con unas vallas exteriores de madera que parecen haber sido puestas en tiempos modernos para evitar que curiosos miren sin ingresar, en Voronet puede notarse mejor la importancia de estos lugares como protección en tiempos de guerra e invasiones Otomanas ya que posee una alta muralla de piedra.



Una vez dentro se puede comprender porque algunos llegaron a ponerle su apodo. El color azul predomina en los muros de la iglesia, el cual tiene la particularidad de ser único, y no hay otra forma de definirlo más que “azul de voronet”. Esto se debe a que tiene una tonalidad que no es posible encontrar en otras obras ni tampoco reproducir. Quienes intentaron obtener esta tonalidad no lograron hacerlo ni utilizando colores primarios, ni con tintas especiales, e incluso se dice que tampoco digitalmente. La pintura tendría lapislázuli o azurita (el primero tiene una tonalidad más parecida), pero lo que habría terminado de definir la tonalidad actual es el paso del tiempo y el efecto climatológico sobre la mezcla de productos naturales utilizados para pintar. Para ver el color real, no hay mejor opción que personalmente, ya que incluso una fotografía no mostraría la tonalidad original, y menos si posteriormente pasa por un proceso de edición.

El color resalta sobre todo en la pared sur donde se encuentra el fresco del “Árbol de Jesé” osea el árbol genealógico de Cristo, pero la oeste (también con el fondo azul) donde se representa el “Juicio final” es la que puede hipnotizarnos por un largo rato viendo las distintas escenas expuestas.







Moldovita

Nuestra tercer parada ya se encontraba un poco más lejana. por eso decidimos evitar el camino más largo y abandonamos la ruta nacional 17 para continuar por la interna 176. Esta carretera costea el río Moldovita, el cual en su camino atraviesa la ciudad homónima (Vatra Moldovitei o “el hogar de Moldavia”) donde se encuentra otro de los monasterios pintados. Este camino no posee las dimensiones ni el caudal de tránsito de la ruta 17, pero es allí donde pudimos empezar a apreciar la vida vida rural rumana. Carros tirados a caballo circulando a la par nuestra, iglesias de madera y criaderos de avestruces son parte del paisaje que empieza a surgir entre nosotros.
El transporte predilecto en Bucovina.

En calles de tierra.

Por caminos internos, en pueblos rurales.

En pequeñas ciudades.

Y también en las rutas nacionales.
Iglesia de madera.

Criadero de avestruces.



Una vez en el monasterio las representaciones de los murales se van a empezar a repetir ya que en cada pueblo intentaban transmitir las mismas ideas. Por eso nuevamente aparecerá el árbol de Jesé y el asedio de Constantinopla. Este último tiene el detalle que busca representar la intervención de la virgen para salvar la caída de la ciudad en manos de los persas en el año 626, pero como fue pintada la escena parece estar más cerca de describir la caída de Constantinopla ocurrida 79 años antes de ser construida la iglesia.



Continuamos viaje con intención de visitar algún monasterio más, aunque en realidad esto ya era una excusa porque habíamos comprendido que lo que observaríamos sería muy similar a aquellos ya vistos. En cambio comenzamos a notar que en realidad los paisajes y apreciar brevemente la cultura de la Bucovina son un aliciente a los templos que no se puede dejar de lado ya que tienen su encanto en sí mismos.

Pasul Ciurmana

Dejando Moldovita caímos en la cuenta que en Humor habíamos ingresado en los Montes Cárpatos, el segundo sistema montañoso más largo de Europa con 1600 kilómetros de largo (casi a la par con los Alpes Escandinavos que ocupan el primer lugar). En el primer trayecto circulamos a través de valles prácticamente rectos que no hicieron sentir las montañas, pero esa etapa de viaje quedó atrás y la línea sinuosa del mapa nos indicaba que nos dirigiamos al Paso de Ciurmana, el cual conecta el valle de Moldovitei con la meseta de Suceava. La carretera que lo atraviesa destaca por ser una de las más peligrosas del mundo, por la cantidad de curvas que posee (muchas de ellas muy cerradas), el estado del asfalto y ser doble mano con solo un carril para cada sentido de circulación, 

Frondosos bosques de pinos comienzan a aparecer al costado de la ruta, y una vez atravesada la ciudad de Ciurmana, los árboles se van aproximando al asfalto a encontrarse hasta cercarnos y no dar lugar a una banquina donde detenerse. Un grupo de vacas del cual pasamos a escasa distancia nos hace comprender que debíamos estar atentos, y algunos guardarrailes de madera que era mejor no hacer nada estúpido que nos pueda llevar a comprobar la resistencia de los troncos rumanos. Estábamos dentro del “Pasul de Ciurmana” y no había vuelta atrás. 

Luego de aferrarnos al volante en las primeras curvas y superar el temor a conducir allí, el paisaje hace que sea una gran experiencia visual atravesar por este lugar. Aunque en un segundo de descuido por mirar el entorno, volvimos a priorizar no terminar accidentados luego que de casualidad esquivamos unas grandes ramas caídas que cubrían mitad del camino.






Sucevita: La fortaleza en medio de las montañas

Una vez atravesado Ciurmana nuestros estómagos nos hacen recordar que ya eran las tres de la tarde y no habíamos comido. Es por ello que nos propusimos aprovechar la parada en el monasterio de Sucevita para comer.

Al llegar, notamos que este se encuentra muy cerca de la ruta, pero no en una ciudad específica sino entre varios pequeños pueblos, y la cercanía al mismo consiste en una gran playa de estacionamiento con un par de comercios. Si los muros exteriores del convento de Voronet sorprenden, en Sucevita si no sabemos que hay dentro, no dudariamos en afirmar que es una fortaleza. 

Al estacionar nuestro vehículo notamos que había que pagar por dejarlo allí, pero no se veían ni máquinas ni personas a quien abonarle. A parte de nosotros había solo dos o tres vehículos más, y para nuestra desgracia, ni los restaurantes estaban abiertos.

Sin dudas no era época de turismo, y al menos en ese período a Sucevita no llegaba ni un tercio de los visitantes que congrega la “Capilla Sixtina” de Voronet. Al parecer tan inoportuna fue nuestra llegada que ni siquiera la monja que cobraba la entrada se encontraba en su puesto. Recién a la salida, vimos una persona que parecía ser la encargada del lugar y nos acercamos a pagarle, a pesar que ni con el dinero casi en su mano demostraba mucho interés por lucrar con nuestra presencia. 

Por ser uno de los últimos en ser construido, Sucevita es ligeramente diferente al resto de los monasterios que habíamos visitado. Primero por su forma de fortaleza, también por la predominancia del color verde, y producto de ser pintado casi cincuenta años después que los primeros, lo que lleva a que tenga algunas obras distintas como la escalera de las virtudes, que expresa el orden de los ángeles en el cielo y el caos del infierno, separados por una escalera que representa el camino que recorren los hombres durante su vida, y que pueden llegar al final y entrar al cielo, o en el camino caer al infierno.




























Marginea: Cerámica negra y pizza italo-rumana

Seguimos nuestro viaje dejando atrás Sucevita decididos a que sea como sea en el próximo pueblo debíamos encontrar un lugar donde comer. Ese lugar fue Marginea, una ciudad que nunca estuvo en nuestro planes, de aspecto pequeño, pero que según el último censo oficial tiene casi 10.000 habitantes. 

Así como fue una sorpresa para nosotros enterarnos una hora antes que estábamos atravesando los montes Cárpatos, ahora en Marginea notamos que la ruta que atraviesa la ciudad de norte a sur, conduce a la frontera con Ucrania, y estábamos solo a treinta kilómetros de distancia de aquel país. Esta frontera divide dos países pero no la región ya que del otro lado, en territorio ucraniano, sigue siendo Bucovina. La región histórica fue dividida en dos luego de la Segunda Guerra Mundial, quedando el sur para Rumania (quien apoyó a la Alemania Nazi) y el norte para la Unión Soviética (posteriormente heredado por Ucrania).

Al costado de la ruta nos encontramos con una pizzería que parecía de dimensiones extremadamente grandes para el pueblo que veíamos a su alrededor. Sin demasiados carteles ni gente dudamos en entrar e hicimos un intento por buscar otra, pero no habiéndonos alejado ni cien metros decidimos regresar. Una vez dentro comprobamos que se encontraba vacía. Se acerca la dueña a tomar el pedido, y al cabo de unas pocas palabras ingles-italo-rumano nos dice que hablaba italiano ya que ella y su marido habían vivido en Italia muchos años, donde él había aprendido el oficio de pizzaiolo. Nos comenta también que hacía poco tiempo habían regresado con intenciones de permanecer definitivamente, y para eso habían abierto la pizzeria, la cual ¡inauguraron la noche anterior!. 

Mientras se preparaba nuestro pedido comenzamos a hablar, y ella nos cuenta que Marginea es un pueblo que se destaca por la fabricación de cerámica negra. Esta técnica de producción tiene cientos de años y es el orgullo de una ciudad que incluso tiene al costado de la ruta un jarrón negro gigante que da la bienvenida a Marginea, y su figura representada en su escudo.

No es para menos ya que la cerámica negra de Marginea es considerada única, y es uno de los pocos lugares en Europa (y en el mundo) donde se emplea la técnica que genera ese color sin adición de pintura. Hay familias que hace 300 años se dedican a su producción, y los niños con 7 u 8 años ya comienzan a aprender el arte. 

Lamentablemente antes de la llegada del comunismo al poder en Rumania, el pueblo contaba con sesenta talleres de producción de cerámica (una cantidad muy alta teniendo en cuenta que la población era significativamente menor a las 10.000 personas que la habitan hoy día) y actualmente es un oficio que son pocos los que lo sostienen,  

Al llegar la comida notamos que pedir un plato para cada uno había sido demasiado, aún con el hambre que teníamos. Al expresar nuestra sorpresa por la cantidad, pensando que tal vez le caímos simpáticos y nos hicieron una porción más grande, nos comentan que en Rumanía se suele servir abundante, siendo la nuestra una porción normal. Para nuestra grata sorpresa, la pizza estaba increíble, al mismo nivel (incluso me animaría a decir que mejor) que el promedio de una pizza italiana.

El tiempo se pasó conversando, y los monasterios ya habían quedado completamente en segundo plano. Antes de irnos, nos regalaron una de las jarras cerámicas que se producen en el Marginea. Al salir no era muy tarde pero ya había oscurecido, por lo que decidimos apresurar la vuelta a Suceava.



En el camino realizamos una breve parada en Arbore, donde vimos su monasterio pintado desde el costado de la ruta (ya que estaba cerrado), pero en general nos concentramos en el viaje, que fue más difícil de lo esperado por estar cansados, en la ruta casi a oscuras, y con la precaución de ir atentos a los carros tirados a caballo que obviamente no cuentan con ninguna iluminación, y más de una vez alcanzamos a distinguir a muy poca distancia. A esto se sumó una carretera cortada, que nos llevó a desviarnos por un camino improvisado de tierra el cual en principio nos desorientó por completo, y solo logramos superar siguiendo a los que circulaban delante nuestro.

Monasterio de Arbore.
Camino improvisado en alguna parte del norte de Rumania.




Suceava II: El final

Una vez de vuelta en Suceava, agotados, caminamos un poco por la ciudad y llegamos a la conclusión que a pesar de tener el automóvil hasta las 10 de la mañana del día siguiente, era mejor devolverlo cuanto antes y las literas del tren para descansar y aprovechar el siguiente día recorriendo una ciudad y no viajando.

Conseguimos que el empleado de la agencia acepte recogerlo con solo unas pocas horas de pre aviso, e incluso se ofreció a llevarnos a la estación de tren. Lamentablemente nos faltó visitar el monasterio pintado de la ciudad donde comenzamos y terminamos, pero con los vistos durante el día había sido suficiente.

Abandoné Bucovina convencido que vale la pena viajar hasta Rumanía ya sea un día o más, para visitar los monasterios, pero que el complemento perfecto, y lo que los vuelve más únicos aún es el paisaje que los rodea. Para quien se encuentra fuera de Europa puede ser una decisión difícil viajar hasta “el viejo continente” y dejar de lado las ciudades y países tradicionales que la propaganda y las guías de viaje nos venden. Aún así, países como Rumania muestran la complejidad de un continente en el cual parece que ya está todo descubierto y fotografiado millones de veces.

Como dije al principio, el arte, en sus distintas expresiones, es posible encontrarlo en cada rincón del mundo, y lugares así, como la Bucovina y sus monasterios, demuestran que no hay que viajar a alguna extraña isla del Océano Pacífico ni al corazón de Asia para sorprenderse con la cultura y la gente, que al fin y al cabo es quien la crea.


4 de febrero de 2019

Noul Neamt y la fortaleza de Bender: Dos joyas arquitectónicas del país que no existe.

Moldavia es un país de una gran cultura, pero que se refleja más en la gente y su vida diaria que en grandes monumentos u obras de arte, los cuales no parecen abundar. La realidad es que la situación económica, y el escaso desarrollo tecnológico hace que los avances del país sean muy lentos. A lo largo del último siglo pasó de ser un estado agrícola de la ex Unión Soviética (que dejó un país con tierras arruinadas por la cantidad de pesticidas utilizados) a una nación independiente que no solo debe lidiar con sacar a flote su economía, sino que también posee un importante sector del país “autodeclarado independiente” (Transnistria) y otro que presiona para seguir el mismo camino (Gagauzia) lo que hace que ni siquiera puedan tener bajo control sus conflictos internos. 

Pensar en desarrollar el turismo y las artes en un país donde más de la mitad de la población vive en el campo y su trabajo depende de la agricultura (lo cual en el mundo moderno no parece ser sinónimo de desarrollo) está lejos de ser prioridad, al menos en el corto plazo. Esto hace que si bien cuenta con varios sitios dignos de visitar, lamentablemente se encuentran distantes uno de otro, sea difícil obtener información, y lo más probable es que la mitad los descubramos una vez de vuelta en casa. Pero estos no son los únicos problemas.

Esteban El Grande o Stefan Cel Mare, el príncipe más importante de su historia y principal héroe de la Nación, realizó varios avances culturales, entre ellos una serie de monasterios únicos en el mundo (declarados Patrimonio mundial de la Humanidad) por encontrarse completamente pintados en su exterior, y que luego de varios siglos aún mantienen gran parte de sus obras. Pero la suerte no está del lado de los Moldavos, ya que a pesar de ser conocidos como los Monasterios de Moldavia, las fronteras modernas los dejaron en territorio Rumano.

Monasterio de Voronet. Destaca no solo por sus pinturas, sino por su color azul.

A su vez (y sobre ellos tratará este posteo) Moldavia cuenta con al menos dos construcciones destacables, una fortaleza medieval en un gran estado de conservación en la ciudad de Bender, y un hermoso complejo de monasterios denominados Noul Neamt. Ambos dignos de visitar, pero que también se encuentran fuera de su control, ya que están en la región separatista de Transnistria (más aquí). 

Sin dudas, ambas construcciones, pero principalmente el complejo monástico, serían un orgullo y dignos de reconocimiento en casi cualquier país del mundo. Lamentablemente los conflictos políticos y sociales de la región, los vuelven prácticamente desconocidos ante el mundo. A decir verdad, muy pocas personas saben que en Moldavia hay una región autodeclarada un país independiente con gobierno, moneda, bandera e incluso pasaporte propio, pero sin reconocimiento de ninguna otra Nación, por lo tanto menos aún podemos pretender que se conozcan los monasterios o la fortaleza, ubicados en este lugar.

¿Dónde está el problema? Se puede acceder a ellos, pero no basta con viajar a Moldavia, sino que se debe ingresar a Transnistria, lo cual implica atravesar la frontera presentando nuestros pasaportes antes el gobierno auto declarado independiente para que ellos nos otorguen una “visa” para permanecer hasta un máximo de tres días. 

Si bien cada vez parece más habitual que viajeros se aventuren a abandonar Chisinau rumbo al este para visitar este extraño país no reconocido (incluso muchos viajan a Moldavia solo para ir allí), las particularidades del lugar lo hacen un destino poco frecuentado. No sería extraño que durante nuestra visita seamos los únicos turistas en Tiraspol, su capital, y ni hablar en los monasterios que se encuentran a las afueras de la ciudad.

Pero en rigor de verdad, tanto la fortaleza de Bender (ciudad también conocida como Tighina) como Noul Neamt no se encuentran en la región de Transnistria, sino que luego de la guerra que decretó la independencia de esta región, los Transnistrios aprovecharon y anexaron territorios que se encontraban al oeste de río Dniester que históricamente pertenecían a lo que conocemos como el actual territorio de moldavia, entre ellos Chitcani, la ciudad más cercana a los monasterios, y Bender, cuarta ciudad más grande de Moldavia (incluyendo Transnistria), donde se realizaron los principales enfrentamientos entre las autoridades Moldavas y los separatistas. Es por esto que si bien ambos complejos se encuentran en territorio moldavo están bajo administración de Transnistria. Si hasta ahora todo parece un poco confuso, te invito nuevamente a que leas “Transnistria, ¿un país que existe, pero nadie reconoce?”.

Fortaleza de Bender

El fuerte se encuentra ligeramente a las afueras de Bender, sobre el camino que conduce a Tiraspol. Es por ello, que la ciudad es una parada casi obligatoria, que sirve de oportunidad para aprovechar a recorrerla un poco. En Bender podremos entretenernos un rato caminando por sus calles y visitando sus mercados, observar alguna estatua de Lenin, el edificio del cine de la ciudad, y un viejo parque de diversiones junto al río Dniester. Demasiado para hacer no hay, pero si ya llegamos hasta allí, y tenemos un par de horas, un recorrido por la ciudad no está de más.


Mercado de Bender.

Mercado de Bender.

Mercado de Bender.

¿Wc Donald's?. El anticapitalismo capitalista del último bastión de la Unión Soviética.




Para llegar a la fortaleza, lo aconsejable es caminar, aunque si deseamos aprovechar el economico transporte de la ciudad, algún autobús puede acercarnos. Previo al ingreso, hay un gran parque, remodelado hace pocos años, y la iglesia Alexander Nevsky. Por el centro del predio, un camino nos conduce a la entrada de la fortaleza. Para ingresar se debe pagar 25 rublos transnistrios (1,5 uSs), y en su interior es posible observar varios artefactos bélicos, el museo del fuerte y un pequeño museo dedicado a objetos de tortura. Si bien el precio no es elevado, la verdad es que si no tenemos tiempo, o no nos interesa ingresar a los museos, no es necesario pagar la entrada para poder admirar la fortificación.

La historia de semejante construcción es más que confusa. Si hay algo que es difícil al escribir sobre un lugar, es lograr ser lo más objetivo posible con la información, por esto hablar sobre esta fortaleza es la conclusión de un dolor de cabeza producto de intentar encontrar historias claras escritas en inglés, moldavo y ruso. Aún así, ni siquiera en el sitio oficial de la fortaleza tienen una versión definida, sino tres teorías que van desde que: 1) Fue construida por Genoveses (República de Génova de la actual Italia), 2) Iniciada por moldavos y finalizada por el imperio Turco, y 3) otra que fue construida por los Tártaros, un antiguo pueblo que hasta el día de hoy sigue ocupando una parte importante de Europa Central y Asia. 

Si preguntamos a los Moldavos, ellos la construyeron, y en general esta es la versión más difundida, pero si hablamos con los Transnistrios, esa teoría es la más improbable. Es difícil ser objetivo y decir si tienen razón o simplemente es parte de su guerra con Moldavia, y un intento de no enaltecer al país del cual intentan desprenderse. El problema se presenta también en que incluso la historia de la región es poco clara, y se puede suponer que ahora que forma parte de un gobierno no reconocido, que tendrá otras prioridades antes que realizar estudios históricos y arqueológicos sobre el lugar, más difícil será obtener respuestas.









Noul Neamț 

Igual que los Monasterios Pintados, el templo de Neamț original fue construido en el actual territorio Rumano por Stefan Cel Mare. Pero una disputa eclesiástica hizo que a mitad de 1800 un grupo de monjes decidan abandonarlo y trasladarse al este de la actual Moldavia, y allí refundarlo bajo el nombre de Noul (nuevo) Neamț. Esto se produjo como consecuencia de una serie de reformas impuestas por parte de los gobernantes a la iglesia ortodoxa, por ejemplo la confiscación de tierras y prohibir el uso de la lengua eslava durante las celebraciones litúrgicas. Esto último no era algo menor, ya que el eslavo, en sus distintas variantes, históricamente es hablado en casi toda Europa del Este, aún en la actualidad, con excepción de Moldavia, Rumania y Hungría. A su vez, la única iglesia ortodoxa donde no se habla en esta lengua desde esa época es la Rumana (que también es la mayoritaria de Moldavia). 

A pesar del acto de rebeldía, la apertura del nuevo templo fue bien recibida. Esto puede notarse en la gran inversión que se realizo para su construcción y en que recibió el apoyo de los sectores más importantes de la religión ortodoxa como son los monjes del Monte Athos en Grecia y el Patriarca Ortodoxo de Constantinopla y el de Jerusalem.

El lugar elegido para levantar el nuevo monasterio fue en las proximidades de Transnistria, una región que formaba parte del imperio Ruso y aún hoy se encuentra habitada por personas de origen y cultura rusa y ucraniana. Casualmente o no, en 1992 los Transnistrios fueron impulsados a separarse de Moldavia principalmente por la misma razón que los Monjes de Neamț, ya que el gobierno Moldavo estrechaba relaciones con Rumania y cambió el uso del idioma Ruso (una de las variantes del eslavo) y el alfabeto cirílico por el Rumano. 

Chitcani.


Como fue mencionado, los monasterios se encuentran” en territorio Moldavo, a escasos kilómetros del río Dniester, la frontera natural, pero están bajo control de Transnistria. Es por esto que para acceder a ellos hay que realizar el -simple- trámite burocrático de presentar nuestro pasaporte y obtener el permiso de entrar a la región. Una vez superado este escollo, basta con tomar un autobús desde la capital Tiraspol, que en menos de 15 minutos nos dejará en Chitcani, frente a los inconfundibles templos. 

Cabe destacar que luego dos décadas de resistencia, en 1962, cuando la región era parte de la Unión Soviética, los monasterios fueron cerrados para pasar a cumplir la función de hospital para la tuberculosis, depósitos, y el campanario un museo de la gloria Soviética. Para 1989, con la caída de la Unión Soviética los monasterios serán reabiertos, y continuarían así a pesar de la guerra con la que Transnistria se autodeclaro independiente.

Si hay algo que impresiona desde el primer momento es el paisaje alrededor de Noul Neamț, ya que se encuentran y no se encuentran en medio de la nada. No está como muchos monasterios aislado de la ciudad, pero por las características urbanas de Moldavia, un contraste increíble se produce entre los brillantes colores de los altos edificios del monasterio y las pequeñas y modestas construcciones de no más de dos plantas típicas de un país donde aún prima el verde y la vida rural. Esto se puede apreciar más aún desde la cima del campanario. 






Aún así, tanto dentro como fuera de los monasterios son escasos (incluso nulos) los visitantes. Acostumbrados a que cada lugar bonito sea destino de cientos o miles de turistas, ver Noul Neamț vacío de cámaras fotográficas resulta extraño y nos hace sentir como invasores que ante cada paso necesitamos preguntarnos “¿se podrá ir/entrar allí…?. 

Dentro del complejo hay cuatro templos más el campanario, y las zonas de viviendas y labores diarias de los monjes, que en conjunto convierten al monasterio en el más grande de Moldavia. En nuestro caso, tuvimos la oportunidad de entrar en la Catedral de la asunción (edificio de cupulas azules), el cual era el único con las puertas abiertas.

Cabe destacar que el monasterio ofrece también hasta tres noches de alojamiento gratuito a los peregrinos (se puede suponer que esto significa No turistas).


Si no sufrimos vértigo, el campanario es lo mejor para visitar, ya que no solo se eleva por sobre todos los edificios de la región, sino que es el campanario más alto de toda Moldavia. 

La planta baja se encuentra completamente pintada (como es clásico de las iglesias ortodoxas) y cuenta con una tienda de artículos religiosos y souvenirs, donde la mujer que la atiende parece ser la única prueba de que los monasterios se encuentran abiertos al público, y más gente aparte de nosotros los visita. 

También es posible subir a la cima, aunque para ello debemos afrontar unas empinadas escaleras que no ofrecen demasiada seguridad. Las distintas plantas se encuentran descuidadas o tal vez en reparación, y por ello no hay mucho que observar, pero merece la pena llegar arriba para apreciar en el interior las grandes campanas, y por las ventanas las iglesias desde arriba y el paisaje que se pierde en el horizonte por la planicie de la región. 

Planta baja del campanario.

Primer planta.





Para terminar, vale mencionar que es habitual visitar Moldavia e incluso Transnistria sin ir a la fortaleza ni a los monasterios. Si bien quienes llegan a Transnistria generalmente lo hacen por el morbo o la curiosidad de conocer este lugar "no reconocido” y para ello el mejor sitio es la capital Tiraspol, vale la pena estirar nuestra estadía y aprovechar al máximo los tres días que nos permite la visa para visitar estos y otros lugares, ya que le aportan el toque cultural e histórico que a veces parece faltar en ciudades como Tiraspol o Chisinau. 

¿Cómo llegar?

A Transnistria

La mejor opción es ingresar por Moldavia, por el camino que parte de Chisinau con dirección a Bender y Tiraspol. Para ello es posible hacerlo en tren o en autobús. También es posible hacerlo desde el sur de Ucrania (Odessa), pero el inconveniente es que al llegar a la frontera van a pedirnos la visa o el sello del gobierno Moldavo, lo que implica haber ingresado previamente a Moldavia. Esta opción no tiene demasiado sentido, y es probable que nos cause algún dolor de cabeza.

A la fortaleza de Bender.

Desde Chisinau hay autobuses que parten de la terminal de buses ubicada a poca distancia del centro. Desde Tiraspol con cualquier minivan o autobús que se dirija a Bender. 

A Noul Neamt

Primero hay que llegar hasta Tiraspol, donde es posible tomar una minivan cruzando el rio Dniester a través del único puente de la ciudad, que se encuentra en el parque De Wollant.