16 de mayo de 2019

Tras las huellas de Drácula. Parte III: Poenari, el verdadero castillo de Drácula

Luego de visitar Brasov y el “falso” castillo del Conde Drácula en Bran, decidimos que queríamos experimentar la sensación real de estar en el lugar donde Drácula vivió.

Obviamente tuvimos adentrarnos más en Rumania e ir en búsqueda de la residencia del Drácula real, el que sirvió de inspiración para crear al vampiro ficticio: Vlad Draculea.

Vlad Draculea, fue un conde de la región de Valaquia (actual sur de Rumania) que vivió en el siglo XV y se recuerda por haber pasado a la historia como Vlad Tepes, o el empalador, por su singular método de “ajusticiar” a sus enemigos atravesandolos en grandes estacas de madera y dejándolos morir, no sin antes agonizar por horas e incluso días.

A pesar que a mi entender son dudosas las pruebas, el castillo de Bran es el que Bram Stoker (autor de Drácula) habría tomado de inspiración como residencia de su personaje. Tanto este castillo como la pequeña ciudad aprovechan al vampiro más famoso de la historia para atraer visitantes. Es por esto que también se intenta vincularlo con Vlad Tepes.

Sin embargo, este vínculo es muy débil, ya que poco es el tiempo que el Drácula real habría estado en Bran (probablemente como prisionero) y no hay ningún indicio que lo habitó. En cambio, cada vez hay menos dudas que el verdadero castillo donde Vlad vivió aún existe, y se encuentra perdido en el centro de Rumania. Más precisamente a cuatro horas de viaje desde Brasov, y poco menos de Bran. Se trata del castillo de Poenari, un lugar abandonado y en estado ruinoso que no atrae muchos visitantes.

Atravesando los Cárpatos

Abandonamos Brasov muy temprano ya que sabíamos que nos esperaban unas cuatro horas arriba del autobús, y una ruta con muchas curvas. Nuestro destino no era directamente Poenari, sino Curtea de Arges, la ciudad más cercana y puerta de entrada a la carretera Transfagarasan, considerada por muchos la carretera más espectacular del mundo..

A poco de empezar a andar comenzamos a comprobar porqué es tan inferior el número de visitantes que van a Poenari. Las cuatro horas arriba del autobús se hacen sentir como si fueran al menos seis o más. Si no fuera por una parada de 15 minutos a mitad de camino, el viaje se hace un infierno para quien no esté acostumbrado a este tipo de caminos. 

Es allí cuando analizamos que quizá era conveniente viajar de Brasov a Bucarest y de ahí a Curtea. Si bien el viaje es mucho más largo en kilómetros, el terreno es más plano, haciendo que el viaje dure casi lo mismo y sea más ameno. Aunque a decir verdad, el camino complicado se realiza atravesando los montes Cárpatos, y vale la pena las náuseas y mareos para ver el paisaje entre ambas ciudades. Si queremos conocer el territorio de Vlad, y comprender lo inaccesible que es su castillo, hay que hacerlo por el camino difícil.






Curtea de Arges

Llegamos a Curtea de Arges sin demasiadas expectativas, ya que solo estábamos allá porque era una parada obligatoria para ir a Poenari. Pero una vez en ella nos enteramos que es una ciudad de una importante historia.

Por un lado fue la primer capital de la región de Valaquia, título que aún conservaba en épocas de Vlad Tepes, y no sería difícil deducir que por este motivo situó su castillo cerca de ella. Cabe destacar que es más antigua incluso que la capital del país, Bucarest.

So hay algo que no falta en Curtea son iglesias. Probablemente los 26.000 habitantes podrían ir a rezar todos a la vez si así lo desean.








A la vez en Curtea se encuentra el monasterio de Arges que sobresale arquitectónicamente por la influencia bizantina, ciudad de procedencia de varios mármoles del interior.

Pero por sobretodo esta Catedral destaca por ser necrópolis real, donde se encuentran enterrados los reyes rumanos desde Carlos I (Oficialmente primer rey de “Rumania” reconocida como tal) hasta el último: Miguel I, fallecido en 2017.

Si Rumania (y quizá más Transilvania) se asocia a tierra de mitos y leyendas, la Catedral de Curtea no podía ser la excepción. Este templo fue encargado de construir al arquitecto Mesterul Manole, quien según se dice trabajaba día tras día en las construcción, pero cada noche se desmoronaba. Ante la desesperación del príncipe Radu Negru, quien había encargado la construcción, tomaron la acción desesperada de, imitar una vieja tradición abandonada siglos antes de ellos, realizando un sacrificio como acto ritual para consagrar el templo. Es así que decidieron que la primer mujer que pase delante de ellos al amanecer sería sacrificada. Para sorpresa de todos, fue la esposa del arquitecto Manole, quien no dudó en entregar a su mujer en sacrificio. Según se dice, luego de ese acto enterraron a la mujer en una de las paredes y no volvieron a tener problemas en la construcción. Sea cierta o no la historia, hoy una de las paredes de la catedral posee una placa que indica el lugar donde se enterró a la mujer.





Rumbo a Poenari

Esta segunda parte se va a encargar de escribirla mi compañera de viaje Laura.

Tiempo de viaje: 4 horas hasta Curtea y otra hora más hasta la entrada al castillo.
Altitud: 1.000 metros m s.n.m., 
Dificultad: 1480 escalones. 
Tiempo recomendado: 2/3 días. 
Y un muy buen par de rodillas para experimentar una millionesima parte del viaje que hacía Drácula para volver a su casa.

Si bien estamos de acuerdo que transformándose en murciélago y volando a través de los bosques de noche toma mucho menos tiempo, desafortunadamente tuvimos que optar esta vez por un recorrido más clásico para llegar al castillo donde residía el conde Drácula.

Pero olvidémonos por un momento el Drácula de Bram Stoker que se desplazaba volando durante la noche y reconectemos con la realidad hablando del personaje que sirvió de inspiración para realizar la obra: Vlad Draculea.

Más allá si el castillo de Bran fue el que sirvió como inspiración para la obra “Drácula” o no, la verdadera fortaleza donde Vlad vivió se encuentra un poquito más distante en el mapa, a unas cuatro horas de Bran.

Este lugar no tiene el atractivo turístico de Bran. El camino hasta allí es mucho más corto e infinitamente menos complicado, y su castillo se encuentra mejor mantenido que Poenari. Esta puede ser una primer explicación de porque Poenari permanece en el anonimato.

Antes de viajar a Poenari, decidimos pasar la noche en Curtea de Arges y partir al día siguiente al castillo. Necesitábamos salir temprano ya que durante el invierno la puerta para subir a la fortaleza la abren sólo dos veces al día, ingresan los que se encuentran en el lugar, y la cierran sin dejar pasar a nadie más hasta el siguiente turno (el resto del año no podríamos afirmarlo ya que al ser poco visitado es mejor informarse al momento de planificar el viaje). A la mañana supuestamente abre a las 9 hs, mientras que por la tarde se supone que a las 15 hs. Teniendo en cuenta que fuimos en noviembre, y que a las 17 hs ya esta oscureciendo, decidimos que ir a primera hora era la mejor opción.

El dia despues, cuando todos los vampiros de Curtea de Arges se iban a dormir, nosotros nos levantamos. Caminamos hasta la estación principal de la ciudad para tomar el autobús con dirección a Arefu a través de la famosa ruta Transfagarasan. La camioneta que nos transportó es de las típicas que conectan zonas rurales, las cuales  tienen sus paradas “oficiales” (o sea paradas con su respectiva “garita” y algún cartel de direcciones y horarios) y muchas paradas “no oficiales” donde la gente local sube y baja simplemente al costado de la ruta. Determinar el precio del billete es un misterio que solo los conductores rumanos parecen saber calcular. Al ser nosotros turistas, aconsejamos intentar esperar siempre en una parada oficial para estar seguro de tomar el autobús correcto.




Como imaginaran, a Vlad no le gustaba mucho tener visitantes, y menos gente alrededor (lo entenderán mejor una vez que hayan logrado subir al castillo), y la tradición se mantuvo hasta hoy, ya que no hay una parada “oficial” para bajar del autobús cerca del castillo. No nos va a quedar otra que pedirle al conductor que nos deje en el punto de la ruta más cercano, y confiar que se acuerde cuando llegue. 

Es muy probable que los conductores no hablen inglés, pero estarán dispuestos a ayudarnos. Es suficiente con que al entrar en el bus sonrían a pesar de la hora, digan “bună dimineaţa” y como palabra mágica “Poenari”. Lo van entender seguro. No es necesario intentar imitar a Drácula mostrando los colmillos o intentar imitar el movimiento de su capa con nuestro abrigo. Los conductores de buses saben el motivo por el cual unos pocos turistas viajan por esos pequeños pueblos. Sin embargo, la leyenda de Drácula es muy de Europa occidental y del resto del mundo bajo la cultura “Holliwoodense”, por eso no se sorprendan que más de un rumano no entienda porque de vez en cuando hay turistas intentando llegar hasta arriba de un castillo destruido cuando Rumania ofrece muchos mejor conservados.

Como aliciente, la parada más cercana al castillo de Poenari se encuentra justo en una de las curvas de una de las rutas con más curvas del mundo. El conductor avisara gritando Poenari, y probablemente solo los pocos turistas que están sacando fotos del maravilloso paisaje serán los únicos que se bajen. 

Allí nos encontramos con tres calles: La ruta por la que vinimos, la ruta por la que se fue el bus y en el medio, una tercera con un grupo de casas alrededor y un poco más adelante un puente. No es muy complicado deducir que si el conductor nos dejó ahí es porque esa última es la que nosotros tenemos que agarrar. Es ni más ni menos que la Transfagarasan, solamente que el bus se desvia por una secundaria. 

Aunque al contrario de Bran, hay muy pocos anuncios, y está todo tan desolado que hasta el último dudamos si estábamos yendo por la calle correcta. ¡No se ve una tienda de souvenirs exponiendo imanes para la nevera ni un bar que haga referencia al vampiro más famoso del mundo! A esa hora tampoco son muchos los que están en la calle (¿Todos durmiendo al amparo del sol?)

Desde la parada del bus hay que caminar recto por la única calle disponible durante unos 20-30 minutos. Después de cruzar un grupo de casas y un puente, al costado de la ruta no queda más que bosque y el río Arges, el mismo que atraviesa la ciudad de Curtea. Un muy lindo paisaje que nos va preparando para el contacto con la naturaleza que nos espera al subir al castillo.






Finalmente, se presenta delante de nosotros la central eléctrica, que habiamos leido se encuentra cerca de la entrada al castillo. Si bien no hay demasiadas rutas posibles, son tan pocas las referencias al castillo que recién en ese momento comprendimos que no estábamos tan perdidos como íbamos sospechando durante los últimos quince minutos.

Se nos alza la moral al saber que aún no estábamos perdidos en medio de los bosques rumanos. Aunque la felicidad dura poco y llega pronto el miedo. Un perro callejero se acerca y empieza a seguirnos, claramente pensando en que teníamos comida. Y después se suma otro, y despues otro, y despues otros 12 más, hasta dejarnos completamente rodeados. No hubiésemos realizado tanto drama si no fuera que iban peleando y mordiéndose entre ellos, a centímetros de nosotros. Llegamos a la puerta para subir al castillo con quince perros alrededor nuestro y sin saber si esto era peligroso o no. 

Una vez en la entrada, notamos que estaba cerrado y no había nadie en la tienda/oficina del interior. Muy cerca encontramos un cartel derruido que confirma como horario las nueve (aún faltaban algunos minutos), pero tenía borrado el segundo turno y los precios (si uno tendría que imaginarse un letrero para el castillo de Drácula, pensaría exactamente en ese). 

Perseguidos por los perros y sospechando que nos quedaríamos en las puertas de la fortaleza, nos acercamos a un restaurante cercano. Allí los empleados nos dicen que no nos preocupemos por los perros, que están buscando un poco de comida, y a diferencia del hombre que habitó Poenari hace unos siglos, estos no muerden. También nos dijeron que normalmente a las diez abren el castillo, a menos que detecten la presencia de osos en la zona. Justo al lado del restaurante vemos un cartel con un oso enojado que advierte lo mismo que nos dijeron los empleados. Nos quedamos tranquilos que no moriríamos comidos por perros, sino por un oso y aprovechamos para desayunar panceta y huevos fritos para atraer más a los animales. 





Faltando pocos minutos para las diez, y viendo que no éramos los únicos turistas (había dos o tres más), nos acercamos a la puerta. Se hicieron las diez, y nadie aparecía. Pasaron algunas personas, hasta que finalmente un hombre local se acerca con la llave de la puerta. Un hombre que de amable tenía tanto como puntual…

Llegado nuestro turno de pagar, presentamos nuestras credenciales de estudiantes y nos enteramos que los descuentos estudiantiles son solo para rumanos y para estudiantes del resto del mundo que cumplan con el requisito de haberle caído simpático al poco simpático hombre. 

Luego de una pequeña discusión, comprendimos que después de atravesar los Cárpatos hasta Curtea de Arges, haber tenido la suerte de bajarnos del autobús en el lugar correcto, salvarnos de los “perros vampiro”, hasta el momento de los osos, y tener la suerte que el castillo se encuentre abierto, no tenía sentido pelearnos con “el guardia de Poenari” y arriesgarnos a que no nos permita subir. Al momento de nuestro viaje (noviembre 2018) el precio para niños, estudiantes y jubilados es de 2 Lei (0,5 euros) y 6 Lei (1,5 euros) para adultos.

Una vez dentro, el hombre cierra la puerta con candado y se sienta a descansar luego de un agitado trabajo mientras nosotros subimos todos juntos. A los pies de la escalera, otro cartel con la cara de un oso tan simpático como el cobrador de entradas, nos advierte la presencia de fauna local. A decir verdad, si nos encontramos con un oso, de nada sirve el cartel, ni el cuidador, ni tampoco haber subido todos juntos en grupo.

Ascenso

El castillo se encuentra en la cima de una pequeña pero empinada montaña de unos 400 metros y a 1000 m s.n.m. Para subir hay un método que considero más cómodo que el de Vlad, osea una escalera de ¡¡¡1480 peldaños!!! y un paisaje fantástico de admirar. Caminamos con un bosque con miles de árboles, que en épocas de Vlad debían contar con cientos de los empalados por los cuales le dieron su apodo.

Según las leyendas, Drácula uso como mano de obra a los boyardos (una especie de terratenientes de esta región, Rusia y otras zonas más) que se le oponían. Estos habían tenido la suerte de no ser empalados pero para sufrir una agonía más larga.

La subida al castillo va a ser una carrera con nuestros colegas de viaje para ver quien alcanza la cima primero. Si logramos distanciarnos del resto, por un rato vamos a poder hacer fotos sin gente alrededor. Merece la pena tener el castillo para nosotros solos.

Los caminos zigzagueantes no son solo en autobús, sino también a pie.






Para darle la bienvenida a la entrada de lo que quedaba del castillo no podían faltar dos maniquíes empalados y una horca con un hacha manchada de sangre. Aunque los maniquíes son de plástico y poco creíbles, los cuervos que vuelan a nuestro alrededor son reales, y vienen en silencio (especialmente si, como en nuestro caso, ustedes y dos o tres más son los únicos seres humanos vivos del lugar). Estos dan una idea, aunque muy lejana, de lo que debe haber sido la recepción de la corte del castillo a mediados del siglo XV con los cuervos comiendo los restos de los empalados. Caer bien al conde no debió haber sido fácil. Comprensible que Vlad tuviera pocos amigos y muchos enemigos.






Drácula no pudo elegir un lugar mejor para hacer construir su castillo. Este se encontraba en la frontera de las regiones de Valaquia y Transilvania. Allí disfrutaba de una posición táctica de excelencia que le permitía ver todo el valle a su alrededor, permitiendole ver si algún enemigo se acercaba. También en el caso de ataque, tendrían que iniciar a subir la montaña para llegar hasta la fortaleza, teniendo ventaja Vlad para la defensa.

De las historias y leyendas que nos llegan, entendemos que Vlad no debió ser un gran anfitrión y la ubicación y diseño que eligió para su castillo lo refleja. Olvidemos los magníficos castillos franceses con hermosos jardines. Aquí, tenemos un bastión inexpugnable que goza de toda la privacidad y el silencio posible que solo un bosque en el centro de Rumania puede brindar. Aún así, no podemos negar que tenía una vista impresionante, de un paisaje instagrameable (¿Se dice así?). En definitiva, un 10 en la elección de la ubicación.





Lamentablemente, lo que queda del castillo no es mucho. Este dejó de ser usado a mediados del siglo XV, y fue siendo consumido por el paso del tiempo. A pesar de las mundialmente conocidas leyendas entorno a la figura que lo habitó, tampoco parece haber mucho interés en una posible restauración. Una escalera para llegar a la cima, algunos letreros y la bandera de Rumania parecen ser suficientes.

Lo que queda son parte de las paredes externas, un bastión y no mucho más. Si lo comparamos con Bran, se entiende porque allá tendremos que hacer fila entre una multitud de turistas, y aquí a lo sumo se nos puede cruzar en la foto el oso que se muestra en las señales al comienzo del camino.






Después de una hora de hacer todas las fotos imaginables e inimaginables entre las paredes del castillo y la horca, comenzamos el descenso, que obviamente es mucho más rápido y menos doloroso que el ascenso. Sin embargo, llegarás al suelo con las rodillas y las piernas que tiemblan como budines, pero feliz de haber rendido homenaje a Vlad Tepes en su verdadera tierra.

El viaje de regreso también va a transcurrir acompañados por los perros, de los cuales ya éramos amigos. Los quince nos esperaron en la salida, aunque solo dos nos seguirán hasta el pueblo cercano y solo uno se sentará con nosotros 
esperando que el autobús de regreso a Curtea de Arges. Su lealtad será recompensada con un sándwich de jamón y muchas caricias que casi apreció más que el sándwich en sí. De los osos al final, ni siquiera una sombra.

El autobús para regresar obviamente se toma en la misma curva, en el lado opuesto al que llegamos. Ármate de paciencia porque no hay horarios fijos. En teoría, debe pasar uno cada media hora, pero nunca vas a comprender si acabas de perderlo, o si ya esta por llegar. No te impacientes, pone tu corazón en reposo y espera mientras el sol se hunde en el horizonte y las alarmas de los relojes de los vampiros comienzan a tocar. 

Terminamos cansados ​​pero felices de haber visitado Poenari. En nuestra opinión, merece mucho más la pena que Bran, tanto por su contenido histórico y sus paisajes, aunque desanime un poco por la duración del viaje (y las náuseas) para llegar allí. De todas formas, vale aclarar que aunque se vuelva un poco tortuoso, el viaje por los Cárpatos es un gran aliciente a la experiencia. Y si lo queremos evitar, es simple, nos vamos hasta Bucarest y de allí un tren o autobús directo a Curtea de Arges.

En el autobús de regreso admiramos nuevamente la campiña rumana. Ya lo hacemos con un poco de nostalgia por esta introspectiva en Rumania. Aún bajo la excusa de seguir las huellas de un personaje de fama mundial, lo que experimentamos estos días fue lo más auténtico y cercano a las raíces originales del pueblo rumano, que volveremos a perder una vez que lleguemos a Bucarest.

De una cosa estamos convencidos, aunque no sea respaldado por pruebas escritas: Vlad Tepes no solo eligió a Poenari por una excelente razón estratégica y militar, sino también por la belleza y la paz de este lugar.

Hay quienes consideran a Vlad un héroe nacional, y una persona que luchó siempre por Rumania. Por lo tanto, si su corazón era de su amada Rumania, no podía hacer menos que elegir a Poenari como su residencia. Obteniendo así una excelente ubicación estratégica y militar, pero también reservándose para sí mismo una perla de Rumania.


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