16 de noviembre de 2016

El desafío de cruzar el Paso de Jama realizando autostop. [Febrero 2015]

Luego de recorrer Bolivia y parte de Perú (Cusco y alrededores) con amigos, emprendí la vuelta a Buenos Aires en solitario. No deseaba cruzar nuevamente Bolivia y padecer sus rutas aunque sea la forma más económica de regresar. Y sí, hablo de padecer, porque a la ida se disfruta, pero cuando ya estamos volviendo a casa la alegría del viaje se va acabando y esos caminos no colaboran demasiado en hacerlo placentero. Ni hablar que volvía a contrareloj, por eso opte por “bueno por conocer” antes que “malo conocido”. 

A su vez, deseaba algún camino alternativo que me permita también conocer nuevos lugares. Días antes de emprender el viaje a Bolivia, había tanteado la posibilidad de dirigirme a Chile y subir por la ruta Panamericana o dedicarme entre quince días y un mes a recorrer el desierto de Atacama. Desistí de ambas y elegí quedarme en casa para ahorrar dinero, pero finalmente, producto de conversaciones con amigos, me tentó la posibilidad de volver a los Andes bolivianos. Es por esto que para no quedarme con las ganas de cumplir con mi plan inicial, opte por regresar a Argentina cruzando por el norte de Chile.

Desde el momento en que ingresé a la terminal de Cusco, todo parecía indicarme que esta era la decisión correcta, ya que siendo las 10 am conseguí un pasaje a Tacna (frontera con Chile) para las 14 hs de ese día, permitiéndome terminar de visitar Cusco y al día siguiente ya estar en Chile.

Crucé por Tacna hasta Arica, ubicada en la frontera norte Chilena. Nuevamente encontré otro bus acorde a mis necesidades viajeras. Ya que partía por la noche, dándome más de medio día para recorrer la ciudad, y me dejaba en San Pedro de Atacama a la mañana siguiente, donde pensaba realizar autostop hasta Argentina.






El día en Arica merece un artículo aparte. Resumidamente fue el único destino del viaje ubicado a orillas del mar, por eso decidí comprar un short de baño que se encontraba a buen precio en un shopping del centro, y aprovechar el agua. Recorrí la ciudad, al parecer en un horario donde todos se encuentran dentro de sus casas, bajo la sombra, ya que incluso en la concurrida calle peatonal del centro no abundaban las personas dispuestas a sentir el sol asando sus cabezas, y los perros buscaban sombra bajo los bancos de cemento. 





Camino a la playa conocí a un grupo compuesto por uruguayos, Chilenos y Peruanos que a la vez minutos antes habían conocido a dos alemanes, y nos invitaron a los tres a tomar vino en su casa, la cual era un ex consultorio médico, aún con el cartel que indicaba la recepción debajo del cual se ubicaba su correspondiente escritorio, y permanecían los vidrios de las puertas ploteados con el nombre de la empresa. Y finalmente, para terminar mi recorrido subí al morro de la ciudad.





Nunca fui de priorizar la comodidad al viajar pero debo reconocer que una vez en el bus, pude regocijarme del cambio de ruta al encontrarme con amplios asientos de cuero y una comodidad no disponible en el servicio “low cost” de Bolivia. Pero mientras dormía la tranquilidad fue interrumpida por los carabineros o alguna fuerza de seguridad que aún en estado de somnolencia y el consecuente mal humor, no me tome la molestia de identificar. Nos hacen bajar en medio del desierto para controlarnos junto a nuestros bolsos que ya se encontraban fuera de las bauleras esperando ser recogidos. Situación que se repetiría en el resto del viaje.

Una vez en San Pedro, aprovechando estar en la terminal de buses consulté por los pasajes hasta Jujuy, Argentina. El precio rondaba los 50 dólares, siendo que con suerte contaba con 100 u$s distribuidos en billetes y monedas de distintos colores y nacionalidades para llegar a Buenos Aires. La opción de autostop comenzó a afirmarse. 

Mis dudas hicieron que no compre los boletos en ese instante, y minutos después el último bus del día se encontraba partiendo de la terminal. No quedaba otra opción, todo indicaba que debía viajar a dedo.



Aunque en todos los viajes al menos una vez hago autostop, no es mi método habitual de viajar. En parte porque soy impaciente y no soporto ver los vehículos pasar frente a mi, que pasen los minutos y yo continúe en el mismo sitio, y en algunas ocasiones por viajar con tiempos demasiado ajustados que hacen que prefiera pagar por un transporte que perder horas o días intentando que alguien me levante.

Generalmente lo realizo en situaciones de fuerza mayor, o mientras tengo que esperar un bus en la ruta. En este caso el dinero era una buena excusa y el tiempo sobraba ya que habiendo dejado que se vaya el último ómnibus solo quedaba esperar hasta el día siguiente. Aunque esta vez, el motivo para realizar autostop era cumplir con el desafío de cruzar de esta forma el Paso de Jama. Este paso es uno de los más altos de la frontera entre Argentina y Chile (4200 msnm) y cuenta con la peculiaridad que por la altura en la que se encuentra, sumado que entre el paso y el pueblo más cercano en Chile hay una distancia de 157 kilómetros, no permiten que sea atravesado a pie, solo con un vehículo motorizado o bicicleta. A quien no está habituado a la altura puede resultarle un verdadero desafío, a tal punto que llegan a aconsejar la portación de mascaras de oxigeno y en el cruce de frontera cuentan con una enfermería para tratar eventuales problemas de mal de altura. A su vez, en la época del año que me encontraba viajando (febrero), en esa zona del mundo se produce un fenómeno llamado Invierno Boliviano o Andino, que produce precipitaciones en la región más seca del planeta, y nieve en las zonas más altas (por ende aquellas vecinas al paso fronterizo) que generan cortes de ruta y sea normal la tardanza en la apertura de Jama.

Al dirigirme a la ruta me advierten que la mayoría de los camiones ya habían cruzado, y entre los rezagados no iba a contar con demasiado fortuna. El panorama que me plantearon sobre vehículos particulares no era más alentador salvo por su mayor circulación. Para un principiante del autostop resultaba un panorama desalentador.

Aún así con actitud positiva elijo el lugar más estratégico para detener autos, pocos metros después del cruce de la ruta 23 que da inicio a la 27, la cual conduce a Jama. En ese momento desconocía que si frenaba también a los vehículos de la otra ruta, podían llevarme por el Paso de Sico, aunque de todas formas, esto podría haberme simplificado el cruce, pero luego demorar el resto del camino a Buenos Aires.




Comenzaron a pasar las horas y los pocos vehículos que se detenían era para indicarme que iban a pocos kilómetros de distancia. Cerca de las 16 hs el invierno boliviano comienza a actuar y una intensa lluvia me obligó a cancelar mi busqueda de transporte.

Sin demasiadas opciones, bajo la lluvia comienzo a buscar alojamiento, pero cada uno que encontré, me indicaba estar lleno. Los visitantes habían llegado en los buses de la mañana y ocuparon la mayor parte de los lugares. En un camping me ofrecen una parcela y alquilarles una carpa por un precio total cercano a diez dólares. Seguí caminando y dejé esta como ultima opción. No estaba dispuesto a pagar ese precio y tener que mojarme para armar mi “habitación” ni soportar las bajas temperaturas de Atacama protegido solo por una fina tela.

Finalmente consigo lugar por el mismo precio en un hostel donde el recepcionista sabiendo que a esa hora no conseguiría más huéspedes, luego de una ligera duda de mi parte, se apura a reducir la tarifa pensando que intentaba regatear. 

Mi suerte había empeorado. Me encontraba en el desierto más árido del mundo frente a una intensa lluvia que siquiera me permitió recorrer el pueblo. A la vuelta del viaje la historia oficial que conté cambiaría, narrando que “tuve la oportunidad única de presenciar una intensa lluvia en el desierto más árido del mundo.”

Al día siguiente me despierto temprano para probar suerte nuevamente. Esta vez intentaría ser levantado hasta minutos antes de que salga el último bus, y de no conseguir alguien que me transporte, ya sin días por perder, pagaría el bus. En el camino dos argentinos que conocí el día anterior se dirigían a la ruta con el mismo objetivo.



Al llegar la ruta se encontraba desierta. Pocos minutos después cuatro camiones se detienen para hacer tiempo hasta recibir la indicación que el paso se encontraba abierto. Rápidamente nos abalanzamos sobre los camioneros pero por llegar segundo, después que ellos, respete que primero consulten los otros dos jóvenes. Uno tras otro los conductores los rechazan, y luego a mi que iba tras ellos como intentando carroñar algo entre sus sobras. Nos indican que por ordenes de sus empresas no podían transportar a nadie. 

En ello un camionero se me acerca, me indica que por algún motivo los otros dos jóvenes no le brindaban confianza y a la vez prefería llevar solo a uno. Aunque me aclara que si lo deseaba me llevaría, pero solo hasta el paso y que no me haría pasar la frontera con él ya que esto implicaba tener que anotarme en su planilla y ser detectado por sus supervisores. Sin pensar las consecuencias, cargo mi mochila y espero a que “El Tigre” reciba la autorización para arrancar.

Una vez en camino, Héctor, o “El Tigre”, apodo con el que se autodenominaba mi conductor, me indica que tuve suerte de cruzarme con él que no respeta las órdenes de sus superiores y ser levantado, ya que los vehículos particulares generalmente son familias que viajan por vacaciones sobrecargados de maletas, o gente que regresa a Argentina repletos de cajas luego de comprar productos electrónicos en Chile que son más baratos. 




En cuanto a los camioneros, hasta poco tiempo antes transportaban a cada viajero que lo requiera. Incluso un brasileño comenzó a ser conocido por sus compañeros de rubro y la gendarmería local por aprovechar la ventaja de dedicarse a transportar autos nuevos, para llenarlos de mochileros, principalmente europeos y estadounidenses, dispuestos a desembolsar altas sumas de dinero a cambio de una experiencia inigualable. 

Semanas antes de mi llegada, este brasileño sufrió un accidente con todos sus “pasajeros”. Desde ese momento las empresas comenzaron a prohibir levantar mochileros, incluso pudiendo ser reprendidos por las fuerzas de seguridad fronterizas si los detectaban con acompañantes.

Luego la conversación gira en torno a presentarnos y contar de nuestras vidas. Héctor es un salteño que se dedica a transportar mercadería por todo el país, pero últimamente solo lo estaban designando solo a cubrir el tramo Salta, Jujuy, Calama, Antofagasta. Mientras hablamos yo observo el paisaje por la ventana. A medida que tomamos altura, elevándonos casi 1800 metros desde los  2407 de San Pedro hasta 4200 de Jama, pasamos de zonas completamente áridas a otras de vegetación más espesa, lugares donde no hay más que arena a ver nieve a ambos lados del camino, de zonas llanas con montañas lejanas a encontrarnos en la cima de esas mismas montañas. Nunca en mi vida había visto una variedad de paisajes tan amplia en tan corta distancia. Mis ojos estaban viendo sin intermediarios aquello que tantas veces leí y estudié sobre la mítica Puna de Atacama.






Finalmente llegamos al puesto fronterizo donde sin saber si siempre fue su intención o no, Héctor decide incluirme como su acompañante y hacer los trámites para cruzar la frontera. Mientras lo espero en la estación de servicio como él indicó, observo alrededor el desolado paisaje, con cerros nevados que no hace falta ser topógrafo para deducir que superan los 5000 metros, y solo rompe su naturaleza pura una “YPF” y pocas casas cercanas. 

Con tiempo de sobra para conversar con cada ser viviente que me rodea, conozco a dos ecuatorianos que se encontraban recorriendo el continente en una llamativa Volkswagen Combi doble cabina con caja trasera, algo que nunca había visto. Cerca de ellos, una pareja formada por una peruana y un argentino se encontraban intentando conseguir un vehículo para cruzar la frontera en sentido inverso al mío luego de ser rechazados en migraciones.




Finalmente Héctor regresa, pero me indica de continuar viaje con un compañero suyo, Alejandro, un mendocino que regresaba a San Salvador de Jujuy, su ciudad de residencia, luego de entregar pollos en Arica. Alejandro ni siquiera se presenta cuando con su carácter intenso y un vocabulario repleto de insultos y malas palabras me indica que la pareja compuesta por la Peruana y el Argentino, buscando cruzar la frontera eran unos “boludos” y seguramente no iban a conseguir a nadie que los lleve. Relata que se habían acercado a hablar con él y como viajaban en dirección contraria les dio un consejo pero lo ignoraron. El consejo o truco consistía en ir a la escuela vecina a la oficina de migraciones, pedir prestada una bicicleta a los maestros, realizar los trámites indicando que esta era su medio de transporte (de esa forma podrían obtener el sello en su pasaporte) y luego regresar a la escuela a devolverla. Tal vez si Héctor no me ayudaba a cruzar, este hubiese sido mi artilugio.



En el territorio Argentino el paisaje no resulta menos alucinante. A lo lejos la ruta parecía acabarse frente a una inmensa pared compuesta en su tercio inferior por el marrón de las montañas y el resto por una blanca capa de nubes. Comenzamos el viaje en Jujuy, detendiendonos en Susques para comprar comida. La ruta continúa adentrándose en Salta para luego regresar a Jujuy, donde se sumó al paisaje el mar de sal de las Salinas grandes y los sinuosos caminos entre las nubes que antes veíamos lejanas.





Atravesamos Purmamarca hasta San Salvador, donde Alejandro dejó su camión y me despidió indicando que colectivo tomar para llegar al centro, y esta vez llamándome “boludo” a mi por haber pagado a la ida el pasaje a precio de “Porteño”.

Con solo 534 pesos argentinos y algunos chilenos pero sin casas de cambio a la vista, comienzo a buscar pasaje a Buenos Aires en los buses “semilegales”. Con el impulso de felicidad producto de la buena fortuna que me acompañó ese día y una actitud decidida, me acerco a una oficina donde un micro se encontraba a minutos de partir, abro mi billetera frente a la vendedora de pasajes, mostrando mis cinco billetes de $100, los cuales acepta para cubrir un asiento que de no rebajar su precio viajaría vacío, acto seguido pago $30 por el transporte de mi equipaje en bodega, y los últimos $4 me alcanzarían para comprar una medialuna en el camino.  

6 de septiembre de 2016

La escritura Quechua: ¿Tiwanako o Tiahuanacu? y otras confusiones.

El título original (y correcto) de esta nota iba a ser: ¿Por qué los nombres en quechua de lugares es posible escribirlos de distinta manera? pero por motivos obvios de longitud fue reducido.

Si viajaron por países andinos, o si leyeron algunas palabras (principalmente de nombre de lugares) provenientes del Quechua (también denominado Runasimi o “lengua de la gente”), seguramente se encontraron con situaciones donde no queda en claro la correcta escritura de alguno de ellos.

Desde mi primer viaje a Bolivia me encontré con este dilema, y sin entender, por ejemplo si debo escribir Tiwanako, Tiahuanaco, Tiwanaku, Tiahuanaku, o alguna otra variable que en estos momentos no estoy recordando.

Es por eso que decidí investigar un poco, buscar información particularmente sobre porque sucede esto con los nombres, y si es que hay una pronunciación correcta, pero no logré encontrar nada. Solo encontré información general sobre la escritura y pronunciación Quechua. Y en base a esto, sin ser especialista en el tema y pudiendo equivocarme, llegué a algunas conclusiones de porqué se genera esta diversidad de formas de escritura.


En primer lugar, considero que debe principalmente a que el Quechua/Runasimi originariamente no era una lengua escrita, sino solo oral. Con la llegada de los españoles, se adaptó su escritura utilizando las letras latinas y traduciendo su sonido a la letra equivalente al mismo en español.

Por ejemplo:

Cabe aclarar que la letra C en escritura Quechua/Runasimi solo se utiliza cuando es seguida de una H, osea CH, ya que en lugar de esta, se escribe solo con K o Q, siendo la K un sonido similar a la española, y la Q una mezcla entre K y J. Por ende, si encontramos una palabra con C como Cusco o Tihuanacu significa que esta seria la “traduccion” al español. Esto también puede llevar a la confusión sobre el uso de la K y la Q y que veamos palabras escritas de ambas formas, por ejemplo es posible que nos encontremos con Kenko, Qenqo, Qenko o Kenqo.




A su vez, la letra E en Quechua/Runasimi tiene un sonido más suave que en español, y a pesar de no ser igual, puede asemejarse a una I.

Otra forma de pronunciar el lugar antes mencionado en quechua seria “Qinqu”. La diferencia de la “O y U” y la “I y E” puede ser producto del sonido similar de “I y E”, y que existen dos variantes del Quechua/Runasimi, uno con cinco vocales y otro con solo tres: A, I, U. Esto hace suponer que Qinqu se encuentra escrito en Quechua/Runasimi trivocalista.

Asimismo los sonidos HUA, GUA, HUI o GÜI se escriben todos con W, osea Wa y Wi. La letra H en Quechua/Runasimi se pronuncia como J. Por ende, si una palabra está escrita con HUA o HUI en vez de WA y WI, también es probable que sea en español.

Por lo tanto, en el ejemplo de Tiwanako, Tiwanaku, Tihuanaco, Tiahuanaku, a mi entender, podría entender a la primera como una versión quechua de cinco vocales, la segunda en quechua trivocalista y las dos últimas posibles variantes en español. También, podría suponer que en un texto en inglés, por la pronunciación de la W y la H es factible que se encuentre escrito con W.



Espero que si lee esto alguien que sepa quechua pueda afirmar si estoy en lo correcto, o corregirme si me equivoco.

16 de agosto de 2016

Preguntas y respuestas sobre el boleto turístico de Cusco.

Si estas pensando en recorrer Cusco, y escuchaste, leíste o te comentaron de un boleto turístico necesario para ingresar en algunos sitios, a continuación se encuentran las respuestas a las preguntas y dudas más frecuentes.

Aclaración: Los datos generales del siguiente contenido están realizados en base a información oficial. No así las opiniones, consejos y recomendaciones, que son fundadas en mi criterio y experiencia personal.

¿Que es?

El boleto turístico es el ticket que permite el ingreso a diez de los sitios arqueológicos más conocidos del Valle Sagrado de los Incas, ubicados dentro del departamento de Cusco (aunque será aclarado más adelante, NO INCLUYE MACHU PICCHU), y seis museos de la ciudad de Cusco.

¿Cuantos tipos de boletos existen?

Existen dos tipos de boleto, uno integral y otro parcial (este último se divide en tres). El integral incluye los 16 atractivos. En cambio los parciales comprenden tres circuitos distintos que permiten visitar entre cuatro y seis atractivos cada uno.

¿Cuanto cuesta?

El precio del integral para extranjeros es de 130 soles y 70 soles para estudiantes de hasta 25 años. En el caso del parcial es de 70 soles cada uno.

¿Donde se compra?

El principal lugar donde conseguirlo es la oficina de COSITUC (Comité de Servicios Integrados Turístico Culturales-Cusco): Avenida Sol N° 103, de Lunes a Viernes de 8 a 17:30hs y sábados de 8:30 a 12:30hs.

¿Que atractivos incluye cada boleto?

Boleto integral:

Museos de Cusco: 
● Museo Histórico Regional 
● Museo de Arte contemporáneo 
● Museo de Arte Popular 
● Museo de Sitio de Qorikancha 
● Centro Qosqo de Arte Nativo 
● Monumento al Inca Pachacutec

Templos, poblados y ciudades:
● PukaPukara 
● Tambomachay 
● Pisac 
● Ollantaytambo 
● Chinchero 
● Moray 
● Sacsayhuaman 
● Tipón 
 Q’enqo 
● Piquillacta



Boletos parciales:

Circuito I:
● Sacsayhuaman
● Q’enqo
● PukaPukara
● Tambomachay

Circuito II 
● Museo Histórico Regional 
● Museo de Arte Popular 
● Museo de Sitio de Qorikancha 
● Monumento al Inca Pachacutec 
● Tipón

Circuito III 
● Pisac 
● Ollantaytambo 
● Chinchero 
● Moray



¿Que no incluye el boleto?

Algunos de los atractivos más relevantes que no incluye el boleto turístico son: 

● Machu Picchu. 
● Salineras de Maras.
● Museo Inca.
● Museo de Arte Precolombino.
● Museo del convento Santa Catalina. 
●Templo Qoricancha / Santo Domingo. 
● Catedral de Cusco. 
● Iglesia de la Compañía de Jesús. 
● Museo y catacumbas de la Iglesia de San Francisco.



¿Por cuantos días es válido cada boleto?

El boleto integral se puede utilizar por diez días, de los parciales el circuito I por un día, y el II y III por dos días.

¿Es tiempo suficiente para visitar todo?

En el caso del integral, es tiempo de sobra. Incluso sería posible que recorriendo de manera menos distendida, en el medio podamos dedicarle tres o cuatro días a Machu Picchu, y aún así llegar a visitar todo. 

El circuito I puede realizarse sin problemas si nos movilizamos en transporte. En caso de optar por caminar de un destino a otro, sigue siendo posible pero tendremos que levantarnos temprano y optimizar al máximo los tiempos.

En el circuito II un día es suficiente para recorrer de manera pausada los museos de la ciudad, y en otro Tipón y Pikillacta.

El circuito III también es factible de hacer, pero visitando solo las ruinas, sin dedicarle tiempo a recorrer los poblados o relajarse. Solo el sitio arqueológico de Pisaq puede llevarnos medio dia. Y una vez en Moray, sería pertinente acercarse a recorrer las salineras de Maras aunque no se encuentren incluidas.


¿Es posible visitar los lugares incluidos sin el boleto?

En algunos casos sí, pero en general no. La mayoría de los sitios solo permiten ingresar con el boleto, y no es posible comprar un ticket de ingreso exclusivo para un solo lugar, ni siquiera en la entrada del lugar. En algunos complejos arqueológicos el control de ingreso es laxo, o por sus dimensiones pueden encontrarse caminos alternativos, y una vez dentro nadie nos pedirá el boleto. Pero por un lado dependeremos de la fortuna, y a su vez, aquellos menos controlados son los “menos interesantes”.

¿Cuales son los lugares imperdibles y cuales prescindibles? ¿Por qué?

Si pagamos por visitar todos los atractivos y tenemos tiempo suficiente, es aconsejable aprovechar el dinero invertido y recorrer todo.

En el caso de las ruinas, cada una suele destacarse por tener caracteristicas o (ex)funciones distintas a las otras. Si tenemos que elegir solo algunas, una alternativa de ver de manera integral las distintos rasgos de la arquitectura precolombina es visitando: Moray, Pikillacta, Pisac y/o Ollantaytambo.

Las primeras que podríamos optar por descartar, son a su vez las más cercanas a Cusco y rápidas de recorrer por dimensiones y cercanía una de la otra: Qenqo, PukaPukara y Tambomachay. 

En el caso de Sacsayhuaman, vale la pena visitarla por ser un lugar importante para comprender la ciudad de Cusco y que no demanda alejarse mucho de la ciudad, aunque esta ventaja hace también que nos quede lejos del resto de las imperdibles.

Los museos incluidos suelen servir para comprender Cusco, las culturas Preincaicas, Inca y el periodo de dominio Español (osea, basicamente todo lo necesario). Aunque no son los mejores, ya que los más reconocidos de la ciudad y aquellos que pueden resultarnos más interesantes, no están incluidos. En caso de tener el boleto integral, no está de más tomarse un día (o incluso solo medio) para realizar una recorrida por ellos, si no es así, evitaría comprar el boleto parcial del circuito II que es el que los incluye, e invertir ese dinero en pagar las entradas del museo Inca, Qoricancha, San Francisco, etc.

Es aconsejable tomarse también una tarde/noche para ver el espectáculo de música y danzas Andinas del Centro Qosqo de Arte Nativo.


¿Merece la pena visitar el Valle Sagrado?

Esto es algo personal que depende los gustos e intereses de cada uno, aunque entendiendo que quien está pensando visitar Cusco, y está leyendo esta nota, cierta intriga e interés tiene en hacerlo (o al menos analizar la posibilidad) y comprende que implica visitar museos y ruinas (entiéndase como piedras apiladas).

Aclarado esto, el Valle Sagrado merece ser visitado y recorrido. Posee cientos de lugares a explorar, la mayoría de ellos no publicitados o fuera de las rutas tradicionales. Quienes no disponen del dinero o prefieren evitar la hiper turística Machu Picchu, encontrarán en el Valle lugares hermosos que los dejaran igual o más satisfechos (eso sí, sin la foto con la ciudadela y el Huayna de fondo).

Finalmente ¿Merece la pena comprar el Boleto Turístico?

La respuesta depende del tiempo y obviamente las ganas que tengamos de conocer el Valle Sagrado. (No) está de más aclarar que si ya sea por tiempo o decisión personal nuestro objetivo de viaje es conocer solo Machu Picchu, no tiene sentido comprarlo. Tampoco si no somos amantes de ver muchos sitios arqueológicos y con visitar uno ya creemos que es suficiente.

Si deseamos recorrer el Valle y apreciamos visitar museos y ver ruinas, comprar el boleto turístico es la forma más sencilla de hacerlo, conociendo los lugares clásicos y por ende más visitados, y la única si consideramos que en muchos lugares no podemos entrar sin él.

Debemos considerar que para visitar la ciudad de Cusco, el Valle y Machu Picchu necesitamos por lo menos una semana (solo Machu Picchu entre viaje y recorrido requiere tres días). 

Por ende, si dispones del tiempo, las ganas y preferís recorrer con autonomía pero sin complicaciones y visitando solo “lo más turístico”, no dudes en comprar el boleto.

Finalmente, si no vas a visitar museos (o preferís ir a los que no están incluidos en el boleto) y lo tuyo es evitar los lugares turísticos, optar por sitios alternativos y explorar por tu cuenta, el Valle Sagrado, así como todo el Departamento de Cusco, es el lugar ideal, no necesitas comprar el boleto, y aún así disfrutar de explorar el antiguo Imperio Inca.